Publicaciones: 'El ruido que nos separa'
Entrevista de María Teresa Cerón Lopéz a Pedro Aranda

Una lucha por dejar de sentirse culpables y silenciar el ruido que queda.

Así reza la contraportada de “El Ruido Que Nos Separa” ( Libros Indie) , primera novela del cartagenero Pedro Aranda, con el que tuvimos la suerte de charlar largo y tendido sobre amor, violencia, culpa, Bunbury, o Ray Loriga.
Pedro Aranda, el ingeniero escritor, responde a nuestras preguntas con generosidad y madurez .

                                                          Entrevista.

¿En qué momento te diste cuenta de que tenías la historia que luego contaste en “El Ruido Que Nos Separa”?

Cuando terminé de contratar a todos los personajes. Hice algo así como los cantantes estos tan vanguardistas que piden a sus compañías de discos que les traigan a los mejores músicos del planeta con la única condición de que no se conozcan entre ellos, y, cuando llegan al estudio de grabación, los presentan entre sí y les dan el esqueleto de las canciones para que las desarrollen. Y solo tienen el tiempo que necesita el ingeniero de sonido para preparase y ponerse en la mesa de mezclas antes de pedirles que toquen todos a la vez. Muchos, por cierto, no llegan a saber nunca para qué cantante están colaborando. Algo parecido hice yo con “El ruido que nos separa”. Primero recluté a los actores y luego les di el papelito con lo que tenía que hacer cada uno.

Es una novela muy trabajada, o esa es la sensación que me he llevado tras leerla. Permíteme decirte que lo que más me ha llamado la atención, es el rigor con el que has desarrollado la voz de cada uno de los personajes.

Muchas gracias por la apreciación. Para mí era importante que cualquier personaje de los que salen en el libro pudiera convertirse, en un momento dado, en el favorito de alguien. Por eso me gusta especialmente cuando alguien me dice que su historia preferida del libro es, no sé, “la de los espías rusos”, y otro me dice que la suya es “la del niño adulto”, por ejemplo. Mi intención era que cada capítulo tuviera entidad propia, que cada personaje estuviera vivo, que fuera humano y que tuviera una personalidad muy marcada, de modo que la gente que leyera la novela estuviera esperando -impaciente, a poder ser- que volvieran a aparecer personajes de episodios anteriores, y saber cómo continúa la historia. Lo realmente difícil de la composición final fue el ir cambiándome de zapatos en función del capítulo por el que iba y del personaje que salía en él, todos tan distintos, y no solo en lo obvio, también en la manera, por ejemplo, con la que llevan el sentimiento de culpabilidad. En cualquier caso, tampoco soy ajeno a las distintas maneras con las que afronta la gente en la calle el mismo problema hoy en día. Sin ir más lejos, pensemos en cómo están llevando el confinamiento. Tengo un amigo que ha desarrollado un síndrome un tanto raro después de tantos días encerrado, y ahora no quiere salir de su casa, ni siquiera en las horas permitidas para estirar las piernas. Dice que en su casa encuentra todo lo que necesita. Y tengo otro amigo, que es psicólogo además, que ves cómo se comporta estos días en redes sociales, y piensas que ha perdido la cabeza. Supongo que nadie ha preparado jamás a un psicólogo para una pandemia. Y hace poco, hablaba con él, y me decía que cuando todo esto acabe, va a coger un avión rumbo a Estados Unidos a formarse con Russell Friedman -cofundador del Grief Recovery Method- para aprender su técnica. Ese tío, al parecer, ha ayudado a superar auténticos shocks traumáticos, como los casos de inadaptación social de los veteranos que volvían tras la guerra de Vietnam, y se despertaban luego en sus fincas en Livingston, Texas (donde viven ahora) con terribles pesadillas de sus días en la selva, cuando no dándose verdaderos golpes con la cabeza contra la pared. Lo peor de todo es que el fin último de mi amigo no es empaparse de ese método y luego practicarlo aquí con un fin altruista de servicio a la comunidad, sino para tratar de sacarse un dinero a base de decirle a esta gente que no está llevando bien la cuarentena que no están solos en ello, y que no tienen de lo que preocuparse, que la montaña ni está explotando ni es su enemigo.

Tanto un amigo como el otro podrían haber sido perfectamente personajes del libro, aunque no tengo claro haciendo muy bien qué.

Conforme avanza la lectura, uno observa que no hay personaje que quiera omitir su discurso, es decir: todos desean, en el fondo, que se les quiera más.

Es que todos, en el fondo, deseamos que se nos quiera más. Y si no, fíjate en esos astronautas que se van al espacio (supongo que a buscar extraterrestres o vete tú a saber qué) y luego, cuando están allí arriba, en soledad, se dan cuenta de que la vida aquí abajo continúa, y que la gente es capaz de vivir sin ellos. Y ya no quieren volver. Y cuando lo hacen, sus familias los notan cambiados. Y entonces los científicos los ponen en cuarentena, encima, a los pobres, pensando que alguna especie desconocida se les ha metido dentro. Y de ahí surgen luego las películas de ciencia ficción y esas cosas. Y en cierto modo, esos científicos no están equivocados del todo. Lo único que esa especie desconocida que se les ha metido en lo más profundo de sus almas es la tristeza.

 Bobby Sweet Bob, Billy Tampico, Covy, o Marcos Panamá son algunos de los nombres que pueblan esta novela coral. A simple vista, pareciera que nada les une, pero tienen mucho en común, ante todo, cuando se afanan en barrer su mierda y esconderla debajo del felpudo de sus vidas.

Mira, hace poco leía una entrevista a Marwan (me siento ahora como John Travolta en Grease cuando trataba de ocultar a sus amigos que le gustaba Sandy). Evidentemente, a mí no me gusta Marwan y, lo peor de todo, es que ni siquiera leí la entrevista en realidad, pero sí el titular. Y decía algo así como: “…Yo he perdonado infidelidades. No me parecen tan graves”. Y piensas…<<¿en serio tienes que contar esto? ¿no es suficiente ya con esas cursiladas que nos cantas para que nos vengas ahora con eso? ¿le estás tratando de mandar un mensaje a alguien? ¿y es posible que ese alguien sea a ti mismo, porque, en realidad, no se las perdonaste?>>. A ver, cada uno puede perdonar o no una infidelidad, ese no es tema en cuestión. El tema es por qué lo quieres contar en una entrevista. Y, como tú dices, los personajes del libro arrastran muchas malas decisiones a cuestas, y tratan de convivir con ellas lo mejor que pueden, pero no las van aireando. Y ahí es donde entro yo, como narrador, para contar al lector cuáles son. Te voy a poner otro ejemplo para que Marwan no se me cabree. Tengo un amigo al que no le gustan los gatos. Y el motivo de que no le gusten los gatos viene de cuando teníamos trece o catorce años, y en las jornadas de convivencia de los viernes en el colegio nos hacían jugar a cosas extrañísimas. Y un viernes nos hicieron jugar a algo que se llama EL GATO. El juego era muy fácil. Solamente había que poner todas las sillas en círculo y el profesor tiraba una pelota de goma a uno de los chicos. El que cogía la pelota tenía que ponerse de rodillas y simular ser un gato. Y así, a cuatro patas, dirigirse en medio del círculo que formaban las sillas a otro de los alumnos.

Si el alumno se reía, el gato, quiero decir, el chico que hacía de gato, ocupaba su sitio en la silla y el que se había reído hacía ahora de gato. Así sucesivamente, durante casi una hora. Se trataba de una actividad para romper el hielo. Un “Ice Breaker”, decía el profesor, guitarra española en mano, tarareando canciones que sólo él conocía, mientras duraba el juego. Claro, los tres o cuatro primeros gatos hacían gracia. Luego ya estabas deseando que terminara el juego y, sobre todo, que el profesor acabara de cantar, además porque, cuando lo hacía, se le quedaba una desagradable gota de saliva en el centro del labio superior que él parecía no darse cuenta, y a nosotros nos daba vergüenza decírselo. Y mi amigo se tiró ese día más de cuarenta minutos andando a cuatro patas por el suelo intentando hacer reír a niños que estábamos realmente aburridos. El profesor, por cierto, se llamaba Nacho, y a mí, por muy simpático que me pareciera, me resultaba muy extraño llamar Nacho a un profesor de sesenta años. Pero volviendo al ejemplo… digamos que, si mi amigo fuera uno de los personajes del libro, no iría diciendo por ahí que no le gustan los gatos. Ya me encargo yo de hacerlo.

¿Cuál fue tu norte a la hora de sentarte a escribir el libro? Logras que los lectores nos sintamos en medio de lo que narras y lo que dicen los personajes.

Volviendo al tema del colegio, yo creo que todos nosotros, los primeros libros que hemos leído de pequeños han sido los que nos hacían comprar porque los había escrito alguno de los profesores, cuando no el Director (que luego, por cierto, no pedían que dijéramos que nos había gustado si alguien nos preguntaba). Y yo notaba que esos libros no iban conmigo. Me parecían aburridísimos, como una película iraní independiente de bajo presupuesto en la que no sucede absolutamente nada. Y tanto los libros para niños de esos profesores, como la película iraní me parecen que, en cierto modo, le están faltando el respeto al lector. En el primer caso porque me parecían demasiado infantiles hasta para niños pequeños como éramos nosotros con nuestros pequeños penes. Y en el segundo, porque se trata de un ejercicio de ego del director de la película que no hay por donde cogerlo. Y, como te decía, tanto el uno como el otro, me parece que olvidan que hay un público detrás al que, en teoría, va dirigido. Y que te debe importar que a ese público le guste lo que haces. Respondiendo a tu pregunta y, una vez más, agradeciéndote el comentario que hay en ella, yo quería que el lector no tirara el libro por la ventana a los cinco minutos de empezarlo, o que lo usara como posavasos. Yo quería gustar. Y ese empeño en escribir pensando en lo que a mí, como lector, me entretiene, es lo que creo que ha conseguido que la gente conecte con las historias.

La novela se estructura a partir de un combate de boxeo. ¿De dónde surge tu interés por este deporte?

A mí, el boxeo, no me interesa en absoluto, pero sí necesitaba todos los ingredientes que, en nuestra memoria colectiva, pensamos que se mueven a su alrededor, ya sabes, tipos duros, apuestas, amaños, protectores bucales de oro, agentes que los engañan, etc. Y enfrentar todo eso con lo que realmente quería contar, y es el lado humano que nadie ve. Hasta los boxeadores se enamoran y bailan canciones de amor.  En cualquier caso, más allá de la portada y el telón de fondo de ese combate, el boxeo está muy poco presente en el libro, solo en la cantidad suficiente como para glasear la trama que hay en él.

Pedro, en “El Ruido Que Nos Separa” hay muchos escenarios, son los verdaderos testigos de la mutación de las situaciones y nos ayudan a entender a los personajes. ¿Cómo funcionan para ti? ¿Cómo los planteaste?

Hay una sensación común en todos los personajes del libro y es, a mi juicio, el desamparo. Y quería que ese sentimiento fuera el mismo, con independencia del país de que procediera. De ahí que necesitara ambientar las historias en lugares tan distintos. Y el lugar elegido me lo pedía, en realidad, el personaje. Pero la gente cambia. Lo hace, en mayor medida, externamente, es decir, en su aspecto físico, y también lo hace, quizás no de una manera tan evidente, a nivel personal. Y ese cambio puede venir de algo tan sencillo como un viaje que te hace, de pronto, cambiar la manera de ver las cosas o, al menos, te hace que te des cuenta que echas de menos a alguien, o puede venir de una situación personal que hayas vivido de manera inesperada y que te haga replantearte tu manera de comportarte, o simplemente por el paso del tiempo. Siempre he pensado que el paso de los años hace mejor a la gente. Cuando era pequeño y veía a niños hacer bullying a otros pensaba… <<supongo que, cuando se hagan mayores y tengan sus propios hijos, ya no serán tan malos>>. Así que hay personajes en el libro que, de una manera natural, acaban reconociendo sus errores y buscan la manera de borrarlos y, por tanto, eliminar ese sentimiento de culpabilidad, a través de sus actos, algunos de los cuales, no salen como ellos esperan.

Podríamos decir, que todas las ciudades están impregnadas de melancolía.

En efecto, pero no porque las ciudades en sí sean melancólicas, sino porque el autor de la novela es muy melancólico, y se lo ha trasladado a todos los elementos que salen en ella, personajes y ciudades incluidos. Piensa que a mí, por ejemplo, no me gusta mucho el turismo de masas, ya sabes, la pulserita en magníficos complejos del Caribe, ir al Candem Town en Londres o visitar la Plaza de San Pedro, en el Vaticano. Me siento más cómodo en otros escenarios. Por eso viajo tanto y tan solo siempre a ciudades del centro de Europa. Me gusta pasear por sus calles sin gente cuando llueve, entrar en sus cafeterías con esos toques tan chic, sentarme sobre el césped de sus parques a, simplemente, contemplar lo que pasa alrededor, y cosas así de aburridas. Ojalá fuera un tío más divertido y me gustaran, no sé, los cruceros, pasar la mañana en las tumbonas, bajar a comprar algo en tiendas de souvenirs, volver para la cena, y luego irme a bailar canciones disco italianas de los setenta a la discoteca, aunque en ese caso, quizás, no habría escrito un libro.

En el libro hay paranoia, drogas y asesinato. Entendí la muerte como el acto de eliminar al que no piensa como tú. ¿Te interesa la violencia como punta armada de la ira?

Sí que es cierto que algunos de los personajes utilizan la venganza para, de alguna manera, silenciar el ruido que les ha quedado dentro después de una traición. Evidentemente, esa manera tan radical de arreglar las cosas no la comparto en absoluto, y me siento más cercano a esos otros personajes que, simplemente a través de una disculpa, consiguen el perdón y, por tanto, la reconciliación con su pasado. De ahí que algunos de los finales trágicos de los protagonistas que han usado la violencia como reacción, rocen lo absurdo, para quitarle una importancia que, sin embargo, sí doy en una profundidad mayor a esos otros finales más pacíficos. También te digo que tengo mis momentos. Por ejemplo, me he pasado toda la cuarentena con un problema con la señal de la televisión por la que sólo sintonizo un canal asiático en el que aparece un señor, no sé si chino o japonés, recitando salmos de la Biblia y proclamando la palabra del Señor. Una especie de telepredicador oriental, y de verdad que no lo soporto más. Quiero decir, que si lo viera por la calle, quizás mi reacción con él no sería todo lo pacífica que me gustaría.

Háblame de la relación entre las heridas y la culpabilidad, Pedro. La culpa planea casi en todas las páginas; es como un hilo invisible que une a los protagonistas.

Te voy a poner otro ejemplo para tratar de explicar de un modo, digamos, sencillo, la razón detrás de ese hilo invisible que, como bien dices, une a los personajes de la novela. Esta vez ambientado en el instituto. En clase se sentaba justo a mi lado una chica que me gustaba mucho. Y yo era tan extremadamente tímido que le escribía unas cartas de amor que, objetivamente, creo que eran una verdadera obra de arte. A veces, con forma de espiral y todo. Y se las dejaba en el cajón del pupitre, sin que ella lo viera, justo antes del recreo. Y después hacía como que volvía a coger el bocadillo, el cual había dejado intencionadamente en la mochila. Y luego la veía con la cabeza totalmente girada para leer lo que yo le había escrito que alguna vez hasta pensé incluso en decirle que se iba a hacer daño en el cuello y que quizás era más fácil girar la hoja; pero eso no se lo dije, porque como te comentaba antes, no me atrevía a decirle nada. Ella nunca supo que esas cartas se las había escrito yo, aun teniéndome a medio metro de distancia. Pues bien, un día, en un examen de dibujo técnico, el profesor puso un ejercicio complicadísimo que ya había explicado en clase. Yo veía de reojo que ella estaba dejando el examen en blanco. Yo, sin embargo, sabía la respuesta. Cogí mi compás y respondí el ejercicio en su totalidad. Mi examen era de diez. Y cuando la vi levantarse para entregar el folio blanco, me armé de valor y, por fin, le dije algo, como en esas películas que vemos en las que el actor es mudo y tratan durante todo el rato hacerle hablar, pero es imposible, y de pronto, en la escena final, otro de los personajes va a sufrir un accidente, y él consigue gritar y le salva. Pues algo así. Le dije -sin que el profesor, evidentemente lo oyera-, que le cambiaba el examen. Ella, que ya estaba de pie, se quedó sorprendida sin saber muy bien qué hacer. Así que ya lo hice yo por ella. Le cambié la hoja. También es cierto que no fue un acto tan heroico como podría pensarse, pues, mentalmente, sabía más o menos en qué posición de la carpeta tenía el ejercicio cuando el profesor lo había explicado en clase días atrás, así que, sutilmente, abrí la cremallera de la mochila, saqué la carpeta y encontré el folio. Y lo entregué. Otro diez, pensé. Y fue al llegar a casa cuando me di cuenta de que, por la parte de atrás del folio que había entregado deprisa y corriendo, sin mirarlo apenas, tenía más apuntes de aquella clase.

Lo que te quieto decir es que esa chica nunca me dio las gracias por el examen que aprobó. Y esa fue una herida, por usar tu expresión, que llevé muchos años dentro. Y me pregunto, todavía a día de hoy, si ella llegó a llevar, de igual modo dentro, esa sensación (en su caso, de culpabilidad) en algún momento. Pues bien, si esa chica hubiera sido también un personaje del libro, ya te digo yo que lo llevaría.

El amor y el dolor también salen a relucir; son sensaciones colectivas. ¿Verdad?

Más que sensaciones, yo diría sentimientos. Y, efectivamente son universales, y te enlazo esta pregunta con una respuesta anterior en la que te decía que en los personajes del libro son iguales con independencia del lugar del que procedan. Y ambos elementos, amor y dolor, creo que están presentes por igual en la novela. No hay el uno sin el otro. Simplemente, no existe la diferenciación. Cuando empiezas a querer a alguien, y hasta que esa otra persona te corresponde, lo pasas realmente mal. Es una sensación rara entre ilusión y emoción por volver a verla, con un determinado tormento o tortura de saber si también te ama a ti o no (que lo lógico, todo sea dicho, es que no). Pero a mí, esa mezcla extraña que se da en esos primeros momentos, me gusta especialmente. Como decía Jorge Valdano… “lo mejor de hacer el amor es cuando subimos por las escaleras”. Y luego está, claro, cuando el amor se acaba. Vamos, cuando te dejan por otro, por mucho que a Marwan le parezca fantástico que lo abandonen. A mí, llámame loco, pero me duele. En realidad, el amor sin dolor solo se da en el pequeño intervalo de tiempo de una relación, normalmente la fase que transcurre entre el mes dos y el seis, en la que nadie se cabrea cuando el otro le enfada. A partir de ahí, hay que aprender a poner en la balanza ambos elementos y tratar de mantener el equilibrio. Y cuando éste se pierde, ya no hay nada que hacer. Te voy a contar algo que me pasó hace poco. Fuimos unos amigos y yo a una hípica a montar a caballo. A mí no me gustaba mucho la idea, porque me dan miedo los caballos. Me parecen muy grandes y siempre he pensado que, en cualquier momento, algo se les pasa por la cabeza, se trastornan y hacen cosas raras. Que se lo digan a Superman. Yo fui simple y llanamente porque estaba empezando a conocer a alguien, con quien me escribía mucho por las noches, y no quería quedar mal. Le escribía chistes de amor, le ponía muchos Stickers y esas cosas. Pues bien, cuando llegamos a los caballos, nos fueron subiendo uno a uno a ellos, de modo que cuando estábamos todos arriba, la idea era dar un pequeño paseo por el monte. El caso es que allí arriba, antes de empezar a trotar, me dio miedo y dije que me bajaba. Imagínate qué vergüenza, delante de la chica que me gustaba. Los amigos me daban igual, en realidad. Pero, por otro lado, no me apetecía que se fueran sin mí porque desconfiaba un poco de uno de ellos, que yo sabía que iba detrás de ella, y me puse un poco celoso. Así que, al final me montaron en un burro. Imagínate, todo el mundo en un caballo, y yo en un burro detrás, andando por esos caminos perdidos de la mano de Dios. Pues bien, aun así, me caí. Y lo que empezó como una bonita historia de amor se transformó en dolor, primero físico por razones obvias (quien no me crea, que pruebe a caerse de un burro, a ver lo que piensa después), y luego en dolor sentimental, porque al poco la chica dejó de escribirme. Por suerte, creo que no está con mi amigo.

Dijiste una vez que “El Ruido Que Nos Separa” es una novela alejada del estereotipo de libro que todos tenemos en la cabeza. Explícamelo.

Primero de todo, porque su escritor no sigue el estereotipo de escritor que todos tenemos en la cabeza, ya sabes, con boina, que se acaricia la barba y que le gusta escucharse en conferencias y charlas literarias opinando sobre los grandes clásicos de la literatura, entre otras cosas, porque a mí no me interesan demasiado. Partiendo de todo esto, la estructura del libro con esos parones al final de cada capítulo como si fueran el final del episodio de una serie, para volver tiempo después a esos personajes,

a veces en el punto de la historia en el que estaban y otras veces, transcurridos unos años, no es algo que sea ciertamente original, pero tampoco es muy común. También considero que es un libro puramente de entretenimiento, no considero que sea el típico tostón que vayan a usar luego de ejemplo en institutos de lengua para analizar sintácticamente las frases, y en donde el narrador utiliza unas descripciones y unos términos tan complejos que acaban por desconectar al lector. A mí, ahora, además, me pasa una cosa un tanto peculiar que me aleja aún más del patrón de escritor devorador voraz de novelas. Y es que como me he gastado tanto dinero en libros que he abandonado al poco de empezarlos, ya solo compro aquellos que he leído, bien de bibliotecas o bien porque me los han prestado, y me han gustado. Y la mayoría de ellos, una vez que los he comprado, no los vuelvo a leer nunca.

Si me permites extenderme un poco más en mi explicación de por qué no lo considero un libro al uso, te diré que hasta todo lo que rodea a la novela se aleja del estereotipo del que hablaba. Por ejemplo, no he hecho ninguna firma de libros. Yo no he ido a muchas presentaciones, realmente, pero me parecen actos extremadamente aburridos, y no me apetece meter en el compromiso a gente para que pierda una hora de sus vidas escuchándome hablar. Para eso está el libro, que habla por sí solo, para bien o para mal.

Hay, por otro lado, un aspecto que hice acompañar a la novela hace poco, y es una playlist que subí a redes sociales con canciones que me transportaban, de alguna manera, a cada capítulo, a modo de banda sonora. No sé yo si esta práctica es muy común o no entre escritores. Pero es algo que creo que ha gustado mucho. Por ejemplo, hay un personaje que es un crooner de Las Vegas. Y para ese capítulo seleccioné una canción de Richard Hawley, para mí lo más parecido que encuentro a un crooner, actualmente. Y así con todos. Evidentemente, si el capítulo tiene un tono triste, no lo iba a acompañar con la canción de “Hola, don Pepito, hola don José” de Miliki y Fofito. Creo que me entiendes.

Me parece, por cierto, y con esto ya acabo, muy curiosa la relación entre música y literatura. Y es que creo que ambas van de la mano, pero solo en una dirección. Al músico que lee, que inspira sus letras en una obra literaria, digamos, clásica, se le respeta más que si no lo hiciera. Se le empieza a llamar maestro y esas cosas. Se le dice que tiene una sensibilidad especial. Y claro, el músico hoy en día ha visto ese filón y aunque no haya leído nada en su vida, cuelga fotos en donde se ve su mano con un libro distinto cada día, algo que, simplemente, por una cuestión temporal es imposible, a no ser que lo leas en diagonal, o solo veas los dibujos, si es que tiene. Creo que Miguel Izal sabe de lo que hablo. Sin embargo, eso no pasa al revés. Hay muy pocos escritores, por no decir ninguno, que presuman de escuchar canciones, o al menos de escuchar canción ligera o popular, porque intuyen que eso les podría restar, de algún modo, credibilidad como persona inteligente. Posiblemente esté diciendo una tontería y a algún escritor le siente mal lo que acabo de decir, pero es lo que pienso. Y en mi caso me dije que si yo, que he escuchado una cantidad insana de música en mi vida, puedo hacer que la gente conozca a nuevas bandas, aunque sea, curiosamente, a través de la literatura, por qué no iba a hacerlo. Por cierto, no te digo que la playlist contenga canciones ligeras, pero no tengo a, por ejemplo, Leonard Cohen, Tom Waits, o Nick Cave.

Has logrado escribir 289 paginas que te agarran y te hacen sufrir a partes iguales. Por ejemplo, la historia de Karou y Yumiko con el suicidio como telón de fondo, me hace sentir que la felicidad es un estorbo para algunos de tus personajes.

En relación a lo que comentas en tu primera parte de la pregunta, es cierto que es precisamente esa dualidad la que buscaba trasladar cuando escribí el libro. Que tuviera momentos, digamos, agradables, y los conjugara con otros no tanto. De ahí el elevado número de historias y personajes. Para poder jugar con esos ingredientes en función de quién me cayera mejor y peor, y que la gente no se pusiera de acuerdo a la hora de etiquetar en un estilo o en otro a la novela.  En cuanto a la segunda parte de la cuestión, yo no diría de esa manera tan extrema que la felicidad es un estorbo para los personajes. Simplemente, que no la han encontrado. Y llevan esa tristeza en el estómago. Y, en realidad, los motivos por los que no son felices tienen, a mi parecer, una justificación hasta sensata. Nadie es feliz porque no quiera serlo, salvo Marwan claro. El problema de Karou y Yumiko es que, en lugar de buscar una salida a ese dolor, se han quedado regocijándose en él hasta que se les ha ido de las manos.

Mira, ya que me has citado la historia de los dos adolescentes, te voy a contar una cosa que me pasó a mí, más o menos a la edad de ellos. Recuerdo que en esa época saltábamos los sábados por la tarde la verja del colegio para jugar a fútbol. En los equipos, como en todos los lados, estaba el que le gustaba jugar de portero, el que era el más habilidoso con el balón en los pies, el que era el más rápido de todos y el que más goles metía. Luego estábamos todos los demás. Esa clase media que no destacaba ni por arriba ni por abajo, esa gente que siempre éramos los terceros o los cuartos que tardaba cada capitán en pedirnos. El capitán normalmente era el chico habilidoso que comentaba antes y que, por supuesto, también era el más guapo de todos. Por eso, si teníamos suerte, él nos pedía en su equipo y así, las chicas que iban al colegio a verle jugar, tímidamente nos animaban también al resto. La dinámica de los partidos era siempre la misma. A menos que alguien quisiera ponerse de portero, lo normal era que a cada uno le tocase irse a la portería durante siete minutos o dos goles. Quiero decir que, si antes de esos siete minutos te metían dos goles, ya dejabas de seguir jugando de portero y podías volver a convertirte en jugador de campo. Había quién hacía trampa y se dejaba los goles para salir antes. Para no confundirnos, unas veces a unos y otras veces a otros nos tocaba quitarnos la camiseta, pero yo siempre prefería que fueran ellos los que se la quitaran. Había quienes se la ponían en la cabeza a modo de ninja o burka, supongo que para protegerse del sol. Yo nunca supe hacerlo, a pesar de que los muchachos se esforzaban por enseñarme. Recuerdo que una vez sí que lo conseguí, pero me dio calor y me la quité. Una de esas chicas que venían a ver al capitán, a mí me gustaba de veras. En aquella época, a casi todos los chavales les gustaban prácticamente los mismos jugadores. Batistuta, Shearer, Roberto Baggio, Cantoná, Laudrup o Weah. A mí, sin embargo, me gustaba César Osvaldo “El Leche” Laplagia. Yo no le había visto jugar nunca y tampoco sabía cómo era, pero era el único fichaje que había podido realizar con el dinero que tenía para adquisiciones en el PC Fútbol 2.0 y lo cierto es que, desde su contratación, ganaba siempre todos los partidos. Una tarde, cuando acabábamos de jugar el último partido, la chica que te decía que me gustaba, me preguntó si podía acompañarla a casa. Alguien se había ido de la lengua y se lo había contado. A mí me dio mucha vergüenza aquello, y a los chicos les dio por reírse de mí. Al final, sí que la acompañé, pero no hablamos nada en todo el camino. A decir verdad, tampoco llegamos exactamente hasta su puerta. Cuando doblamos la última esquina, vimos a sus padres a lo lejos, sentados en una silla tomando el fresco, así que me despedí allí de ella. Creo que fue un simple adiós, pero para mí fue algo más. Fue la primera vez que hablaba, por decirlo de alguna manera, con una chica en mi vida. Esa noche, en mi casa debieron notar que algo me pasaba durante la cena, porque recuerdo que los oí decir varias veces: “Al niño le pasa algo”. Pero a mí no me pasaba nada. Nada que no fuera querer terminar de cenar rápido para enchufar el PC Fútbol 2.0 e intentar asaltar el liderato del campeonato con César Osvaldo “El Leche” Laplagia al frente de mi equipo.

Lo que te quiero decir es que ahora veo a esa chica en islas paradisiacas en redes sociales, riéndose siempre, con los dientes muy blancos, y montando, no me preguntes por qué, en monopatín.  ¿Te parece un motivo suficiente para estar triste por la oportunidad perdida? Posiblemente, sí. Y de no haberla dejado pasar, seguramente, hubiera sido más feliz de lo que soy ahora. La diferencia con Karou es que, siguiendo la misma línea del comportamiento que muestra en el libro, se hubiera quedado ahí, sintiéndose culpable, y, ni siquiera, hubiera intentado salir.

Por cierto, nunca supe quién fue el que le dijo a esa chica que a mí me gustaba. Con el tiempo, me parece que fui yo.

El Señor Primavera es, casi seguro, uno de los personajes que más enganchan al lector. ¿Cómo lo esculpiste?

Siempre me han fascinado esos experimentos secretos que hacían en la guerra fría los científicos americanos con esas pobres almas a las que nadie echaba de menos, para hacerles verdaderas atrocidades, y luego, chalados como se quedaban, no podían dejar de sonreír. Y quería darle una vuelta a esa figura y, por tanto, que ese personaje al que se han metido unos desconocidos en su cabeza, fuera luego manipulando con su mente a la gente que se iba encontrado con un determinado propósito, como esos monos de LA NASA que mandaban en misión espacial como cobayas y venían luego, inexplicablemente, más inteligentes. Alguna vez he comentado que hubo un momento cuando terminaba el libro en que pensé que en unos años escribiría un spin-off sobre él. A día de hoy, ya no tengo tan claro. En cualquier caso, me parece que es un personaje que podría dar mucho juego, sobre todo, en los años posteriores a someterlo a los distintos experimentos. Te voy a contar algo que no he dicho hasta ahora. En realidad, pensé en darle esa textura más humana al personaje del Señor Primavera una tarde que me encontraba en el aeropuerto de Eindhoven, tomándome un café en una mesa de estas alargadas desde donde se ven aviones despegar y aterrizar a través del cristal. Y junto a mí fue a sentarse Zoe Saldaña, ya sabes, la protagonista de Avatar, cuando no es azul, claro. Estaba tomándose una bebida de esas dulces y frías del Starbucks. Iba vestida con unos pantalones de pana granates con agujeros en las rodillas, tan acampanados que casi tapaban en su totalidad las botas. Llevaba puesto un jersey de pelo blanco, anchísimo de hombros, pero cortísimo de altura, tanto que casi ni le llegaba a la cintura. No llevaba cinturón y, aun así, cuando se agachó a cerrar la cremallera de la maleta, no se le bajó ni un milímetro el pantalón. Se quedó ahí un rato mirando a los aviones, y después se fue y se dejó el vaso encima de la mesa. La gente se le quedaba mirando embobada, pero ella parecía no darse cuenta, somo si ese encanto que transmitía y ese pantalón roto por la rodilla no fueran con ella. Yo me acerqué al sitio en el que se encontraba un rato antes junto a mí y busqué el nombre que aparecía en el vaso. Y ponía Karin. Luego, ya en el avión, me quedé un buen rato pensando en eso, y en que es posible que engañara a todos los demás, pero a mí no. Y ese magnetismo que irradiaba Zoe Saldaña, Karin o como quiera que ponga ella en los vasos del Starbucks lo quise trasladar a la figura del Señor Primavera.

¿Por qué son tan hirientes los personajes femeninos? ¿Crees en la figura de la mujer fatal?

Son hirientes del mismo modo que lo son los masculinos. La diferencia está en el carácter, que, en la figura de la mujer, en el libro, es muy fuerte, y, en la del hombre, muy débil, lo que puede hacer pensar que el hombre es la víctima y, la mujer, el verdugo. Y, es posible que así sea, pero también al revés. La diferencia, como digo, está en que cuando la mujer es quien hiere, en el libro no está tan presente el sentimiento de culpabilidad a cuando lo hace el hombre. O si lo está, no lo arrastra de una manera tan evidente.

A ver… Supongo que cada uno de nosotros, cuando escribimos, lo hacemos basado en las que han sido nuestras experiencias. Mira, recuerdo una vez hace muchos años que una vecina de la casa de la playa me presentó a una amiga suya, muy religiosa ella, que tenía una hija que lo acababa de dejar con su novio. Y, al parecer, era (y supongo que todavía lo es) una práctica común en determinados círculos católicos el hecho de que traten de buscar pareja a la gente cuando alcanzan una determinada edad. Yo no sé por qué, la pareja que le buscaron a esa chica fui yo. Supongo que como era tan tímido y tan callado y, además, había estudiado en un colegio de curas, cumplía el perfil. Yo estaba muy nervioso, era de las primeras veces que me quedaba a solas con una chica. No sé si tendría diecisiete o dieciocho años. A mí, en aquella época, no me gustaba tanto leer, pero se me ocurrió ir a la biblioteca, que era un bibliobús, a coger un libro de poemas, por si me quedaba sin cosas que decir, poder tirar de ellas. El caso es que quedamos en un parque. Es justo decir que la chica era una monada. En ciertas cosas, me recordaba a la Clara de Heidi. Al principio, como es lógico, la cosa no estaba fluyendo muy bien. Recuerdo que nos compramos un algodón de azúcar para los dos. Sin embargo, poco a poco, fui descubriendo las cosas que le hacían reír, y me centré en ellas. Y se me pasó la noche en un segundo. Tenía la sensación de que no iba a necesitar ninguno de los poemas que me había estudiado de memoria, y que con ella nunca me iba a quedar sin cosas que decir. Aun así, llegando a su casa, como me moría por volver a quedar con ella, se me ocurrió hacer uso de alguno de ellos, los que me habían parecido más bonitos, y poner toda la carne en el asador. No quería desaprovechar la oportunidad. Yo no sabía si ella también querría quedar conmigo o no más veces. Y ya en su puerta, con ella subida encima del bordillo y yo debajo, en el filo de la carretera, le dije que con ella no me iba a quedar más alternativa que tomarme la vida muy en serio. Y que la protegería de cualquier mal aún sin nombre. Ahí, todo sea dicho, noté que cambió un poco el gesto de su cara. Cuando llegué a mi casa, recibí un SMS suyo en el que decía que mejor que no nos viéramos más. Y que muchas gracias por el algodón de azúcar. No diré que no me hirieron esa noche. Al día siguiente, en la playa, me encontré con mi vecina, que se estaba echando, por cierto, crema solar en las manos, las cuales giraba en ángulos imposibles de muñeca para impregnárselas completamente, y me dijo había asustado a la hija de su amiga al final de la noche con tanto hablar del mal y del demonio.

Y en cuanto a la segunda parte de tu pregunta, por supuesto que creo que existe la figura de la mujer fatal. De hecho, en el libro está representada de algún modo por el personaje de Kimmy Palmer, quien se comporta de esa manera, en este caso, por el daño que le ha hecho su marido. Volvemos a la primera parte de mi respuesta. Ese daño, en el caso de la mujer, la hizo más fuerte. Si hubiera sido al revés, en el libro, el hombre se hubiera hundido.

 ¿Alguna vez te has sentido como Willy Tampico? Es decir, ¿entiendes al que termina viviendo al margen de la ilusión común?

Me parece muy curiosa esa pregunta porque, si bien es algo que he querido plasmar no solo en Tampico -ese cantante de Las Vegas al que parece que ya todo le da igual-, también en el Señor Primavera o, incluso, en Ned Wiggins -ese asesino del que se sabe muy poco y del que mejor no saber mucho más-, no dejan de ser personajes de ficción. Sin embargo, me parece muy interesante esa cuestión trasladándola a personas reales de carne y hueso, como tú y como yo. Supongo que para vivir al margen de la ilusión común debes de ser un outsider, bien por exceso o bien por defecto. Creo que gente como Michael Jackson, que se pasó todas las pantallas de la partida con menos de quince años y que tuvo su crisis de la mediana edad antes de alcanzar la edad del pavo, podría haber encajado perfectamente ahí. Pero luego también está el que se encuentra al margen de la comunidad, simplemente, por aislamiento social. Tengo un amigo que ni tiene teléfono móvil, ni ordenador ni televisión en color. Dice que no los necesita. Para quedar con él hay que llamarle al fijo, el cual, por algún motivo, coge siempre su madre. De hecho, precisamente su madre creo que compró una televisión en color por navidad el año pasado, y él dice que cuando ve una película, se acerca a la televisión y le quita el color. Creo que este amigo es un buen ejemplo de persona que viene al margen de la ilusión común. En este caso, por defecto. Me estoy acordando ahora también de David Bisbal, un tío que, por lo que se ve en la tele, parece simpático. Pues bien, cuando salió de Operación Triunfo dijo que él se había pasado toda su vida tocando en una orquesta en las fiestas de los pueblos, y que los ratos libres los empleaba trabajando para un taller de jardinería. Ambos oficios merecen todos mis respetos, como me lo merece él. No seré yo quien diga algo en su contra por el simple hecho de ser tan mainstream. Pues bien, él mismo dijo cuando salió de la academia que no estaba preparado para la sociedad, que no sabía si podría gestionar la popularidad. Y claro, alguien en su compañía le dijo que, para empezar, tenía que coger un libro y ponerse a leer, que eso le ayudaría a expresarse mejor en las entrevistas. Y el bueno de David se puso a ello. Y se leyó, según dijo él, toda la historia de la antigua Grecia y de los dioses egipcios (no tengo muy claro que fueran esos libros en los que pensaba esa persona de la compañía cuando le dijo que tenía que empezar a leer). Y luego te lo encontrabas en las entrevistas, que le preguntaban por “Ave María” o por “Bulería”, y te acababa hablando de Ramsés y gente así. Y fíjate ahora en el influencer en el que se ha convertido. La pregunta que tendríamos que contestar sería… ¿es más feliz David Bisbal ahora, siendo parte activa de esa ilusión común de la que hablabas, y forrado como está de dinero hasta las orejas, o antes cuando se encontraba totalmente ajeno a ella, escarbando en la arena y enredado entre plantas?

Decía Ray Loriga que no se puede escribir sin estar perplejo, porque la duda es el verdadero motor de la inteligencia. ¿Qué opinas?

A mí, con Ray Loriga me pasa algo parecido a lo que me pasa con Enrique Bunbury. Me parecen dos personajes que han creado un estilo, cada uno en su género, el cual luego ha tratado de copiar mucha gente. Y así han surgido movimientos de los que ellos, como fundadores, no son parte (pues los fundadores de los movimientos nunca son parte de ellos), de modo que se da la paradoja de que sus seguidores ansían continuamente que sigan repitiendo y mejorando dicha fórmula, y ellos pretenden huir de ella y, por tanto, de sí mismos, constantemente. Y ahí creo que viene el sentido de lo que quiere decir Ray Loriga, algo así como… “ayer hice esto porque es lo que me apetecía entonces, pero hoy hago esto otro, posiblemente lo opuesto, porque es lo que me apetece ahora, porque, en realidad,

no tengo claro qué es lo que me gusta, o, mejor dicho, sí lo tengo claro, y es que no quiero tener nada claro, que me siento más cómodo gustándome hoy una cosa y mañana otra, y, por tanto, cambiando de opinión, que defendiéndola todos los días usando siempre los mismos argumentos”. De ahí que uno haya escrito escrito libros tan variados, y el otro grabado discos tan diferentes los unos de los otros, de tal modo que, en algún momento de sus carreras hayan decepcionado a todos y cada uno de esos seguidores que forman o han formado parte del movimiento que ellos crearon. Y yo lo veo bien. No todo lo que hagan te tiene que gustar. Claro que a ellos les encantaría que todo lo que hacen gustara a todo el mundo, pero eso es imposible, sobre todo a ese tipo de seguidor que se quedó en un libro o un disco concreto. Si no tuviera dudas Ray Loriga, todos los libros serían iguales. Si todos los días pensara lo mismo, y no diera su brazo a torcer cuando alguien opinara lo contrario y le convenciera de que eso otro es mejor que esto aquello, sería un fundamentalista de sus ideas. Y ya sabemos todos lo peligroso que eso es. Sobre todo, en política. Y es en esa búsqueda constante de explorar hoy un territorio y mañana otro, como digo, a veces, opuesto, por lo que el artista acaba por conocer nuevos puntos de vista y termina, por tanto, creciendo y no estancándose. Entiendo que eso es a lo que se refiere Ray Loriga.

Luego está el ejemplo de Manolo García, un tío que ha escrito algunas de las mejores canciones del pop español, pero que uno tiene la sensación de que lleva haciendo la misma canción toda su vida. ¡Joder, si hasta físicamente está igual que cuando empezó! Y es un artista que me parece muy honesto, que no se me malinterprete. De hecho, creo que tiene otras inquietudes como la pintura o la escritura que lo enriquecen como artista. Sin embargo, a nivel musical, a él le gusta algo muy concreto, y sabe que a la gente que le sigue le gusta también eso muy concreto. Y lo repite en cada disco. Y el fan de ese tipo de artista es, por tanto, mucho más fiel que el de Bunbury, que está en constante búsqueda de lo que a él le gusta.

Y, tanto Ray Loriga como Bunbury, dentro de esa exploración continua por alejarse de lo que han hecho, han transitado caminos tan remotos, que ahora han dado la vuelta entera y están más cerca del punto inicial, es decir, de ese primer libro o disco, que de otros más recientes. Y, entonces, paradójicamente, la duda que les asalta es si dar un paso más adelante, que sería, por tanto, volver a ese movimiento del que han tratado de escapar toda su vida, o dar un paso atrás y, por tanto, escribir un libro o grabar un disco no muy distinto al anterior.

Supongo que lo que quiero decir es que es muy difícil ser Ray Loriga.

El final de la novela es impactante. ¿Tuviste clara su estructura o a día de hoy cambiarías algo?

El final sí lo tuve muy claro casi desde el principio. Es cierto que antes de ponerme a escribir el libro, el matiz que le quería dar a ese final era ligeramente distinto, pero ya al poco de empezar la trama quería que acabara exactamente como lo hace. Así que, en ese sentido, no cambiaría nada. Con algún capítulo anterior sí que tuve más dudas, no tanto en lo que cuento sino en lo que he dejado de contar; lo que pasa es que creo que todavía es muy pronto para tener perspectiva de ello. De todos modos, es algo que estoy convencido que pasará, y cuando lo lea dentro de un tiempo seguro que pensaré que podía haberme extendido más (o menos) en alguna de las historias, o mejorar la estructura de alguna frase que encuentre demasiado compleja (o sencilla). Volviendo al final del libro, tengo un amigo que me dijo que cuando lo leyó sintió algo así como una erección en el corazón.

¿Estás trabajando en un nuevo proyecto?

Si te soy sincero, en lo que estoy trabajando ahora es en ponerme de acuerdo en qué es en lo que quiero trabajar a partir de ahora. No tengo claro en absoluto lo que quiero hacer en los próximos meses. No tengo un interés especial en escribir nada a corto plazo, sin embargo, a veces me apetece hacerlo, y dudo entre dos tipos de libro. Una novela con un patrón más standard, por decirlo de alguna manera, que tengo en mente hace mucho tiempo ya, o un libro quizás no tan convencional. Y a veces, la mayoría del tiempo, me apetece no escribir nada en un par de años, y ver luego si quiero o no seguir haciéndolo. Eso en cuanto a proyecto profesional, que es al que creo que te refieres con tu pregunta. En el ámbito más personal, mi principal objetivo a corto plazo cuando termine el confinamiento es devolver una camisa que compré muy barata en un puesto de ropa de segunda mano de gente mayor en el mercado, porque me parecía muy hípster, pero que cada vez que me la pongo me da la sensación de que huele a pañal.

 

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here