OPINIÓN

Aplausos para una crisis

En diciembre de 2011, un mes después de haber accedido al cargo de Ministra de Trabajo y Políticas Sociales, Elsa Fornero comparecía en rueda de prensa acompañada del Primer Ministro Mario Monti.

La república italiana afrontaba una grave crisis económica y social y optó tras años de excesos, chulerías, y delitos varios de Silvio Berlusconi, por un gobierno de tecnócratas.

Elsa Fornero, una de las mayores especialistas a nivel mundial en materia de sistemas de pensiones, aceptó (con un parón en su brillante carrera privada) la cartera de trabajo, y comparecía ante la opinión pública y el pueblo italiano para explicar que el sistema era insostenible, que el país estaba al borde de la quiebra, y que era preciso acometer una reforma laboral y de seguridad social que exigiría un enorme sacrificio a los ciudadanos.

En ese momento, una mujer que tenía una oratoria perfecta y muchas juntas de accionistas complicadas a sus espaldas, no pudo pronunciar la palabra sacrificio y rompió a llorar, siendo rescatada dialécticamente por el Primer Ministro que la acompañaba en ese trago.

Unos meses después, en junio de 2012, le tocó el turno a España, que había vivido día a día mediante intentos continuos de convencer a los mercados a golpe de Decreto Ley desde 2009, y que finalmente tuvo que afrontar la realidad y pedir lo que llamaron “asistencia financiera” (un rescate en toda regla, al menos de los blandos) a cambio de diferentes reformas estructurales.

En la rueda de prensa del entonces Ministro de Economía Luis de Guindos (con el que no me une la menor simpatía) desde luego no había alegría sino sobriedad y seriedad.

El destino hizo que en esos años (2012 a 2015) mis funciones estuvieran vinculadas a la gestión de la crisis y puedo asegurar que en mis diferentes reuniones en la Plaza de Cuzco o en la sede del Banco de España en Cibeles nunca advertí felicidad o satisfacción por la situación, aun teniendo el país una línea de crédito de 100.000 millones de euros.

Retrocedo unos cuantos años, concretamente al año 1987, año en el que se estrenaba una serie de dibujos animados española llamada “Mofli, el último Koala”, y que a la edad de 11 años (11 años de entonces y no de ahora) vi alguna vez.

La serie no pasará a la historia por su gran calidad, pero hizo famosa entre los que entonces la veíamos una frase “Aplaude Paolo aplaude” que era la frase que el malo tonto (Trombonetti) repetía después de cada una de sus intervenciones para que su sirviente Paolo, que cargaba con todas las cosas de su señor, las aplaudiera, por muy poca o ninguna gracia que tuvieran.

Cuando alguno de mi grupo de amigos hacía la pelota a alguien o perdía su dignidad más de la cuenta, el resto de los miembros le repetía jocosamente “Aplaude Paolo aplaude”.

En Julio de 2020, entre el caos y la incertidumbre generada por la pandemia del COVID 19, con unos datos terribles de desempleo, con la peor caída de la actividad económica, con nuestro tejido productivo a medio gas y con nuestros hoteles, vuelos internacionales, y restaurantes cerrados o vacíos, el Presidente Sánchez vuelve de una reunión europea en la que se ha acordado un plan de recuperación y reconstrucción de Europa, y en la que el protagonismo de España ha sido más por hablar de ella y señalarla varios socios como ejemplo de las cosas mal hechas, que por las intervenciones de nuestros representantes.

En España se han escuchado pocas ovaciones o aplausos en los últimos meses, reservados para los sanitarios y cuerpos y fuerzas de seguridad del estado que han plantado cara al virus y salvado miles de vidas, o para algún paciente que ha visto la cara del virus y abandona la UCI tras muchos días de sufrimiento.

No hay aplausos para goles en estadios de fútbol, para canastas en pabellones de baloncesto, ni siquiera para los golpes mágicos de un Nadal que no ha podido disfrutar de su visita a la Caja Mágica o al Godó.

Tampoco hay aplausos para ceremonias de graduación ni para novios a las salidas de la ceremonia de sus bodas.

Pero entonces Sánchez entra en la sala del Consejo de Ministros, y más de una veintena de adultos con rango de ministro aplauden y lanzan vítores a su líder por un acuerdo que va a exigir enormes sacrificios para los españoles.

No contentos con ello, unos días después, los diputados socialistas llenan sus escaños por primera vez en meses y a menos de 30 cm de distancia en medio de un escenario de rebrotes, aplauden efusiva y nuevamente a su líder antes de que pronuncie una sola palabra.

Los dos actos tienen el sello personal de Iván Redondo, y están dotados de una espontaneidad parecida a una fiesta sorpresa en la que tanto los invitados como el presunto sorprendido saben perfectamente a lo que van y tienen varios ensayos a sus espaldas.

Como el acuerdo es razonablemente bueno para los españoles (pierde poder nuestro ejecutivo, lo cual en condiciones de normalidad no es buena noticia pero viendo quienes conducen y su trayectoria en los últimos años,  la tutela de incapaces o un curso de recuperación de puntos del carnet de conducir se presentan como figuras razonables que permiten conciliar mejor el sueño) y malo para el gobierno (por un lado demuestra las debilidades de España en cuanto segundo mayor receptor de fondos, y por otro reconfigura el programa de gobierno, algo que no preocupará tampoco en demasía a quienes no han tenido intención de cumplirlo nunca.

Adicionalmente, les exige justificar el destino de los fondos antes de cualquier disposición, con derechos de veto por parte de socios prestamistas que además han rebajado su contribución al presupuesto comunitario), no encuentro otra razón para la euforia de los grupos socialista y podemita que no sea el ver más atados los cargos y sueldos que perciben y en el caso del presidente y ministros los privilegios de los que gozan.

Aun así, me parece una falta de respeto hacia la sociedad española que en el verano más complicado de los últimos años  y a las puertas de un otoño en el que la tragedia y dureza se van a ver  sin ningún tipo de adorno, un conjunto de personas adultas de las que se espera criterio suficiente para diferenciar el drama del éxito, aplaudan como invitados a una fiesta sorpresa a quien no ha conseguido nada que no sea acorde con ser miembro de la UE y, lo que es peor, con los desaciertos de su mejorable gestión propia de la pandemia (aunque suene raro, aquí a más dinero a recibir, mayor es el fracaso como país y no a la inversa).

Yo espero más de los ministros y diputados, y me hubiera parecido esperanzador que al menos alguno se hubiera negado a convertirse en el Paolo de Trombonetti, aunque fuera por respeto a lo que hemos pasado y a lo que está por venir.

Dicho lo anterior, la misma tristeza me produce el hooliganismo parlamentario general, en el que el interviniente, diga lo que diga (normalmente lo trae preparado) recibe los aplausos incondicionales de sus compañeros de siglas, y la indiferencia del resto del hemiciclo.

Así nos va, y así tenemos parlamentarios que no tienen el más mínimo reparo en soltar cuantas chorradas se pasan por su cabeza sin filtro de forma y fondo. Mientras reciban los aplausos de sus amigos, a seguir.

Señorías, a ver si aprendemos a aplaudir, y reservamos ese acto para intervenciones brillantes, las haga quien las haga. Sólo entonces estarán legitimando su función y defendiendo a los votantes que les han dado el escaño.

Cordonmarron @cordonmarron