El Globalismo igualitarista: la gran amenaza

La gran amenaza

Existe, desde hace tiempo, una tendencia creciente a la internacionalización y a la estandarización de las sociedades.

Esto, si bien se da, principalmente, en materia económica y comercial; también ocurre en términos culturales y simbólicos.

Lo anterior es posibilitado, en gran medida, por las nuevas tecnologías de información y comunicación: las mismas son, indudablemente, una variable clave para comprender la creciente interconexión, e interdependencia, de actores, factores y procesos; en la sociedad internacional contemporánea.

Asimismo, la – relativamente reciente – proliferación de procesos de integración regional y transnacional como, así también, de organismos políticos con una misión y alcance globales ponen de manifiesto, en forma bastante evidente, el rumbo hacia el que va la sociedad internacional: la concentración – cada vez en mayor grado y amplitud – de las potestades, y atribuciones, del Estado-nación westfaliano; en organismos supranacionales, transnacionales o, simplemente, de alcance planetario.

O, en otras palabras, la cesión de soberanía – en materias de diversa índole como la economía, política, derecho y relaciones exteriores – de los Estados hacia organismos y procesos de integración “por encima” de los mismos.

Según se argumenta, la tendencia – cada vez más frecuente – hacia la centralización del poder, en los organismos internacionales; responde a varias cuestiones: la imposibilidad – cada vez mayor – de tratar y resolver asuntos en forma unilateral, el fortalecimiento y desarrollo en materia económica, la unificación de políticas y criterios, etc.

Tales argumentos son atendibles: el Estado ya no es, desde hace algunas décadas, un ente monolítico.

Esto se debe a que el proceso de globalización, por un lado, ha erosionado sus capacidades y, por el otro, ha puesto en tela de juicio su legitimidad y soberanía.

No obstante, lo anterior no debería ser, a mi juicio, razón ni fundamento para advocar por la difuminación – y eventual desaparición – de las fronteras nacionales ni, asimismo, por la formación de un gobierno central/global; como algunos – entre ellos, los globalistas – sostienen. No obstante, antes de analizar tal punto me dedicaré, primero, a rastrear tanto los orígenes como los fundamentos filosóficos de la doctrina globalista.

Cuando hablamos de globalismo hacemos referencia, básicamente, a un conjunto de supuestos, teorías y enfoques los cuales hunden sus raíces, principalmente, en el posestructuralismo, posmodernismo y, esencialmente, en los fundamentos del paradigma constructivista.

Y es que el primero es, en buena medida, una manifestación de los últimos en la arena internacional. Tales corrientes teóricas surgen, aproximadamente, en la segunda mitad del siglo XX en Europa Occidental y, en menor medida, Estados Unidos; y cobran gran relevancia desde principios de los años 90 en adelante. Seguidamente, me dedicaré al análisis de las mismas.

Cuando hablamos de constructivismo nos referimos a una serie de supuestos, y teorizaciones, los cuales sostienen que la realidad es construida o, cuanto menos, fuertemente influida por factores ideacionales y subjetivos: no existe una única realidad y los hechos, además, pueden ser diferentes para cada actor involucrado.

Los datos y el rigor científico, por otro lado, son considerados instrumentales y relativos: dependiendo del enfoque que el observador les dé, éstos serán más o menos determinantes. Como puede verse, el constructivismo pone a la razón (y la ciencia) al servicio de las ideas, percepciones y, al fin y al cabo, de las emociones.

Esto, a mi juicio, es un grave error. Y es que, si la objetividad y el rigor científico no existen, o están sujetos a las percepciones subjetivas de los individuos; se hace imposible trazar una línea demarcatoria entre qué es verdadero y qué no. Lo cual trae, a posteriori, consecuencias muy negativas en todos los niveles.

Por otra parte, en lo que al posestructuralismo respecta hay que destacar que el mismo es, en buena medida, una crítica al estructuralismo que lo precedió. Este último consideraba a las palabras como un reflejo de realidades externas, y palpables, las cuales daban origen a las primeras. El posestructuralismo, por el contrario, niega esto último: las palabras son y significan, en relación a otras palabras y signos lingüísticos.

Así, según Jacques Derrida, “no hay nada fuera del texto”.  Para el posestructuralismo, todo significado es relacional, contingente y subjetivo: es relacional porque el mismo depende de la relación entre dos o más signos lingüísticos; contingente, porque el mismo está sujeto a múltiples cambios y variaciones en el tiempo y el espacio y, finalmente, subjetivo porque es el hablante quien interpreta y da forma al mismo.

Como puede verse, el posestructuralismo – amén de constituir una teoría radical y relativista – sirve de instrumento para la negación, y cuestionamiento, de fundamentos filosóficos claves para las sociedades occidentales como la razón, la libertad o la igualdad jurídica; mediante la caracterización de los mismos como producto de significados histórica y geográficamente determinados y, por sobre todo, nacidos de una clase particular – clase media o burguesía – por una etnia particular – el hombre blanco -.

Finalmente, el posmodernismo, como su nombre lo indica, plantea una alternativa a la modernidad producto de la Ilustración: la posmodernidad. Esta última doctrina sostiene que la modernidad está construida en base a “metarrelatos” los cuales son, básicamente, explicaciones totalizadoras y universalistas; en torno a la realidad: el iluminismo, el cristianismo y el marxismo serían – desde una óptica posmoderna –ejemplos típicos de lo anterior.

Es así que la posmodernidad, según se argumenta, se diferenciaría de la modernidad en su escepticismo hacia el pensamiento totalizante y, a menudo, incontestablemente hegemónico de la modernidad, el cual, según el propio posmodernismo, se encuentra, desde hace tiempo, en una crisis terminal. Así, se daría paso a una multiplicidad de explicaciones, causas y fundamentaciones denominadas “microrrelatos” que, en reemplazo de los grandes relatos o metarrelatos, serían la variable explicativa privilegiada por la posmodernidad.

Los microrrelatos, por otra parte, no intentarían abarcar más que realidades particulares y alternativas a los relatos dominantes.

Esto encontraría su fundamento, por un lado, en el carácter diverso, múltiple y plural de las sociedades contemporáneas y, por el otro, en la fragmentación, complejidad e inestabilidad de los sistemas políticos y económicos de la posguerra fría.

Como puede observarse, el posmodernismo, aunque acertado en parte, exagera el diagnóstico y equivoca la cura: la crisis no es, a mi juicio, de tal magnitud como los posmodernos argumentan y la solución no es, en todo caso, la atomización y el relativismo extremo que éstos proponen.

Volviendo al globalismo propiamente dicho, hay que mencionar que el “multiculturalismo”, las “fronteras abiertas” y, también, las “políticas identitarias” y “de género” son, al día de hoy, algunas de sus más utilizadas, y difundidas, consignas y herramientas destinadas al logro de sus objetivos.

Todas ellas financiadas, difundidas y defendidas por buena parte del “establishment” y el poder – tanto político, como económico y cultural – a nivel mundial.

Lejos de tener como objetivos la “igualdad”, “reivindicación” o, incluso, una mayor participación y protagonismo de los “oprimidos” en las sociedades occidentales; lo que tales políticas revelan – aunque nunca lo hagan explícito – es el odio, y resentimiento, hacia Occidente y su cultura.

Y es que, si tenemos en cuenta que las raíces filosóficas del globalismo – constructivismo, posmodernismo y posestructuralismo – son sucesoras y herederas del marxismo clásico, tomando del mismo la dialéctica y el conflicto, más no así su determinismo económico el cual reemplazan por la preeminencia de la cultura y las ideas; seguro comprendamos el porqué de lo anterior.

Finalmente, creo conveniente indagar acerca de los aspectos positivos del globalismo. Estos, a mi juicio, estarían, más que nada, asociados a la globalización económica y productiva. La misma es, innegablemente, una fuerza poderosísima en cuanto a generación de riqueza, oportunidades y avance técnico-científico. Es más, sus velocidades son, a ese respecto, las más rápidas que conocemos. Y, seguramente, seguirán siéndolo por un largo tiempo a esta parte.

Referencias:

Damián Martinez @damian.mz

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