EL NUEVO LENGUAJE CORPORAL

El nuevo lenguaje corporal.

Amy Cuddy es una especialista en psicología social. Con 19 años sufrió un grave accidente de tráfico con múltiples traumatismos craneales que afectaron a su cociente intelectual. Tras un largo periodo de rehabilitación, fue invitada a abandonar sus estudios universitarios como primera reacción a su recuperación, tratando con ello de protegerla en su nueva situación. Ella se negó, y esa negativa le permitió un tiempo después no sólo graduarse en la Universidad de Colorado y hacer un doctorado en la Universidad de Princeton, sino también ser una de las profesoras más demandadas en la prestigiosa escuela de negocios de Harvard.
Cuddy es una conferenciante habitual (muy recomendable su charla en TED “your body language may shape who you are”) y ha publicado diversos libros, siendo uno de los más destacados “El poder de la presencia” en el que señala la importancia que el lenguaje corporal tiene para la percepción que los terceros tienen de nosotros, pero más interesante aún, la capacidad de transformación que ese lenguaje corporal tiene en nosotros mismos. Cuando le preguntan cómo con todo en contra y sin la confianza de su entorno llegó tan lejos, contesta con un lema que resulta sorprendente “fake it till you become it” (fíngelo hasta que te transformes en ello), lema que pone en valor una simulación de capacidad que sin embargo y con el tiempo hace que todo encaje, y que la situación fingida se transforme en una realidad asumible tanto por uno mismo como por la sociedad.
La importancia del lenguaje corporal resulta extraordinaria, tanto es así que se llega a dar más importancia al continente que al contenido, es decir, resulta más relevante (en una entrevista laboral) como dices las cosas que lo que dices, o como te manifiestas a través de tu presencia que los hechos cometidos o logros conseguidos en tu vida profesional. Hay dos ejemplos demoledores que dan cuenta de ello y son destacados por Cuddy. El primero se refiere a los criterios de selección de profesionales médicos, resultando de un estudio que con sólo 30 segundos de visualización de la interacción gestual o postural (muda) de un médico con un paciente (real o simulado) se puede conocer el riesgo real de que ese profesional vaya a ser demandado o no en un futuro, elemento esencial para la selección en el ámbito privado. El otro ejemplo, aún más impactante, se refiere a los criterios de selección de candidatos en una lista electoral, señalando un segundo estudio que una mera visualización de la cara de los candidatos durante un segundo, permite determinar el sentido del voto en un 70% de la composición del senado y congreso americano.
El COVID ha inaplicado la mayoría de los elementos o componentes del lenguaje corporal que destacan los expertos. La mascarilla oculta la sonrisa o la expresividad de la boca, nuestras manos están cada vez más homogeneizadas y estandarizadas por el efecto de la continua aplicación de geles antisépticos que igualmente han debilitado el sentido del olfato al haberse convertido en el perfume más vendido. Los apretones de manos o abrazos han pasado a mejor vida y las entrevistas de trabajo impiden la percepción de posturas o gestos antes analizados por especialistas en selección de personal. Pero con todo lo anterior, nos queda el elemento más importante para generar y trasladar información, esto es la mirada. En estos meses, hemos pasado de leer labios y analizar sonrisas, a leer los ojos y su expresión, a utilizar esa pieza de información para conocer lo que la distancia y las telas ocultan. Tanto es así, que los ojos nos permiten distinguir una sonrisa real de una falsa sonrisa o simple mueca, identificar una sonrisa tímida o una carcajada a boca abierta ahora prohibida por el miedo colectivo al efecto aerosol. Los ojos permiten diferenciar al funcionario de quien está en un ERTE, al que ha perdido a
alguien en esta guerra del que todavía cree que el virus está lejos de su entorno, y finalmente al que tiene miedo del que tiene menos miedo.
Y mi propuesta es que usemos nuestro limitado lenguaje corporal de forma apropiada, primero fingiendo (los que podamos y estemos en condición de tener un futuro razonablemente claro) una seguridad que, aun no siendo real a fecha actual, nos lleve a que los demás la perciban como tal y nosotros acabemos transformándonos en personas seguras. No se puede vivir en el miedo constante, y quien traslada miedo sólo produce un efecto contagio que impide que la sociedad arranque mínimamente. Puede que el miedo no se huela tanto como antes, ya que el antiséptico lo oculta todo, pero es evidente que se visualiza en los ojos de la gente que no sabe cuándo va a funcionar otra vez el mundo, y si los préstamos ICO o la cantidad destinada a su ERTE llegarán hasta entonces. El miedo no mueve el mundo ni mata el virus, por lo que, aunque tengamos miedo, finjamos con nuestros ojos que no es así, que es respeto y responsabilidad lo que tenemos, que el café que tomamos nos está sentando bien y que no estamos mirando con desconfianza la distancia de seguridad con la mesa más próxima, sino trasladando un mensaje de confianza a quien se sienta en ella, diciéndole que de esta salimos pronto y juntos. Y si es posible, esa mirada, además de confianza debe trasladar cariño y solidaridad, pues es la única forma posible de mirar en un momento como el actual, ya que aunque alguien lo crea erróneamente esto no va de miradas o complicidad entre votantes de uno u otro partido, de miradas de una u otra ideología, sino de miradas de personas que quieren fingir que esta situación ha terminado y que su vida vuelve a ser normal, y fingiendo y contagiando el fingimiento, nos transformaremos en lo que queremos ser “fake it till you become it”.

Alfonso Carcamo