EL EFECTO SECUNDARIO NO ADVERTIDO

El efecto secundario no advertido

El 27 de diciembre de 2020 arrancó en la Unión Europea el proceso de vacunación frente al COVID 19. Si desde una perspectiva de la eficacia y la capacidad de reacción, Israel se sitúa, como siempre que se trata de defender lo propio y de sacar ventaja frente al resto del mundo, en lo más alto del cajón, lo cierto es que desde un punto de vista de solidaridad y de credibilidad en las instituciones, la política de compras, suministro y reparto proporcional entre estados miembros realizada por la Comisión Europea (sin distinción entre el armamento, la potencia científica o el peso económico de unos y otros) reconforta como ser humano.

Alemania es una de las potencias mundiales y es la nación en la que se ha desarrollado principalmente la vacuna que se está aplicando en la Unión Europea, pues si bien todo el mundo habla del gigante norteamericano Pfizer, junto a ese prestigioso nombre la vacuna lleva el todavía más importante apellido de la startup alemana BioNTech.

A  pesar de ello, y pese a ciertas críticas internas que apostaban por un suministro individual de cada estado miembro, algo de lo que a buen seguro Alemania hubiera sacado ventaja frente a la situación actual,  la primera potencia de la Unión Europea se ha mantenido en la política de compras centralizada, esperando su reparto semanal de dosis como cualquier otro estado miembro así como la aprobación por la Agencia Europea del Medicamento de nuevas fórmulas que permitan incrementar el ritmo de vacunación.

Poca trascendencia se ha dado a mi juicio a lo referido en los párrafos precedentes, pues en mi humilde y personal opinión ese hecho refuerza más el sentimiento de pertenencia a la Unión Europea que cualquiera de las normas o fórmulas de colaboración aplicadas hasta la fecha. Qué mayor ejemplo de solidaridad y de equiparación entre ciudadanos del norte y del sur, que el proteger las vidas de manera equivalente y retrasar la inmunidad colectiva de los poderosos hasta que se consiga la inmunidad de los colectivos más expuestos a la pandemia. Si la cosa funciona como está diseñada, ningún alemán de 40 años recibirá su primera dosis hasta que todos los ancianos que viven en residencias de la Unión Europea no hayan tenido derecho a sus dos inyecciones.

El segundo hecho destacable del proceso de vacunación es la normalidad con la que todos (excepto algunas voces críticas menores) respetamos el orden establecido con parámetros lógicos. Hemos asumido que nuestro turno y derecho a la vacuna llegará en los próximos meses, y mientras tanto vemos con esperanza y alegría (que no con envidia) que otros tengan preferencia y estén recibiendo las primeras dosis.

El hecho de que exista un sistema centralizado de compras y de que nuestros socios europeos respeten los turnos, ayuda bastante a que una sociedad como la nuestra no se haya lanzado a la búsqueda de la ansiada vacuna a través de cualquier fórmula imaginable.

Sabemos que quedan meses duros, que cada día mueren miles de europeos para los que la vacuna llegará con unas semanas de retraso, pero asumimos la existencia de un orden marcado por la solidaridad de 27 estados y de alrededor de 450 millones de personas.

Los prospectos de las diferentes vacunas advierten de efectos secundarios más o menos comunes, siendo los más destacables la fatiga o sensación de cansancio (con una incidencia de en torno al 60%), la posibilidad de fiebre (con un 10% de individuos afectados) o las reacciones alérgicas (anecdóticas en los estudios realizados).

Sin embargo, ninguno de los fabricantes ha podido advertir del efecto secundario más peligroso que el remedio contra esta terrible pandemia puede producir.

Y ese no es otro que la pérdida de los valores positivos que este desastre ha aflorado, que la posible vuelta al individualismo o al nacionalismo más rancio, protegiendo lo propio y atacando lo ajeno y diferente.

Esta crisis nos ha igualado algo más a todos, pues salvo por rangos de edad, el COVID 19 no ha establecido excesivas diferencias entre naciones. Todos hemos estado confinados, todos hemos tenido miedo y hemos agotado juntos y de manera irracional las existencias de harina o papel higiénico. Confiemos en que la solución a la pandemia no vuelva a ser la excusa para mirar cada uno solo por lo suyo y olvidarse de que durante un año todos fuimos europeos.

Alfonso Cárcamo