OPINIÓN

El espíritu libre de Gregorio Ordóñez

Tal día como hoy hace veintiséis años ETA consiguió cambiar el rumbo de la historia de nuestro país asesinando a Gregorio Ordóñez. Sé que puede sonar exagerada esta afirmación, pero estoy convencido de ello. Todos los atentados terroristas tienen su lugar y su importancia en la historia reciente de nuestro país. Pero ETA asesinó a Gregorio Ordoñez.

Gregorio Ordóñez fue asesinado por ETA a sangre fría, en 1995, en plena democracia. Tenía tan solo 36 años, estaba en un restaurante con amigos y compañeros alrededor de una mesa y el asesino etarra se acercó por la espalda y le disparó un tiro en la nuca.

Su viuda, Ana Iríbar, su hijo Javier Gregorio, su hermana Consuelo y sus familiares y amigos y compañeros, nunca podrán olvidar esa tremenda imagen de su asesinato, presenciada o contada y reproducida en nuestra mente con la fuerza de una tragedia sostenida por una organización terrorista propagadora de odio, destrucción y lucha feroz de poder, ideologizada por un nacionalismo excluyente y totalitario.

Pero aquella muerte, una más de ETA, nos sacudió a todos. Si conviene rememorar esta imagen es para no olvidar nunca Gregorio Ordóñez como persona y ciudadano ejemplar, que perdió la vida en defensa de la libertad. Fue un político que había logrado superar el lenguaje retórico. Valiente, directo, pedía algo tan simple como que la sociedad dejara de mirar para otro lado y plantara cara a la banda, le dijera que en su nombre no, dijera “Basta ya”.

Ordóñez llevaba tiempo recibiendo en el contestador de su casa avisos de los pistoleros: o se callaba o pagaría él y su familia las consecuencias. Pero Ordóñez no se calló. Sabía que el silencio había sido el mejor aliado de la banda durante años y que plantarles cara era la única forma de acabar poco a poco con su discurso.

Asimismo, es importante la reconstrucción de aquellos hechos y aquel tiempo porque forman parte de nuestra historia como país, de hechos históricos que deben servir para que nunca más vuelvan a repetirse.

La vida que no vivió y que podría haber sido si Javier García Gaztelu, alias Txapote, no le hubiese disparado por la espalda. Ordóñez nunca tuvo miedo de hablar y decir lo que pensaba, de alzar la voz por estar harto de ver tanta sangre y atentados en las calles. Por buscar una convivencia en paz.

Su valentía y su asesinato fue la palanca de cambio para que gente tan joven en aquella época  como Borja SémperMaría San Gil o Eduardo Madina se metieran en política en la peor época de la banda.

Hoy, ninguno de los tres sigue en primera línea, decepcionados con cómo la política ha acabado convirtiéndose justo en lo contrario en lo que ellos siempre defendieron jugándose la vida. En esa vida posible sería un lujo poder escuchar qué diría el Gregorio Ordóñez de ahora. Seguro que volvería a darnos una lección de lucidez.

 

Samuel Gutiérrez Manzanares