Estamos siendo testigos de un crimen contra la humanidad

 

En 2017, durante una campaña electoral especialmente polarizadora en el Estado de Uttar Pradesh, el primer ministro indio, Narendra Modi, se involucró en la refriega para agitar aún más las cosas.

Durante una aparición pública, acusó al Gobierno del Estado —en manos de un partido de la oposición de favorecer a la comunidad musulmana al dedicar más dinero a los cementerios musulmanes (kabristanes) que a los crematorios hindúes (shamsanes).

Con sus habituales rebuznos despreciativos, en los que cada burla y cada pulla alcanzan una nota aguda a mitad de frase para volver a caer en un eco amenazador, enardeció a la muchedumbre.

“Si en un pueblo se construye un kabristán, también hay que construir un shamsán”, dijo. “¡Shamsán! ¡Shamsán!”, respondió la multitud fervorosa e hipnotizada.

Quizá ahora se sienta satisfecho de que la espantosa imagen de las llamas ardiendo por los funerales masivos en los crematorios indios ocupe la primera página de los periódicos internacionales. Y de que todos los kabristanes y los shamsanes del país estén funcionando a pleno rendimiento, en proporción directa con las poblaciones a las que sirven y muy por encima de su capacidad.

“¿Es posible aislar India, con una población de 1.300 millones de personas?”, preguntaba retóricamente The Washington Post en un editorial reciente sobre la catástrofe que está ocurriendo en el país y la dificultad de contener unas variantes nuevas y muy contagiosas de la covid dentro de sus fronteras. “No es fácil”, respondía. Seguramente no se planteó esta misma pregunta cuando el coronavirus asolaba Reino Unido y Europa hace solo unos meses. Pero en la India tenemos poco derecho a sentirnos ofendidos, dadas las palabras que pronunció nuestro primer ministro en el Fondo Económico Mundial en enero de este año.

Modi habló cuando Europa y Estados Unidos estaban sufriendo el peor momento de la segunda ola de la pandemia. No ofreció ni una sola palabra compasiva, únicamente un largo discurso en el que presumió de las infraestructuras de India y lo preparado que estaba el país para la covid. Yo me descargué el discurso de internet porque me dio miedo que, cuando el régimen de Modi reescriba la historia —como va a hacer pronto—, desaparezca o sea más difícil de encontrar. He aquí algunos fragmentos impagables:

“Amigos, traigo un mensaje de confianza, positividad y esperanza de 1.300 millones de indios en estos tiempos de temores… Predijeron que la India iba a ser el país más afectado por el coronavirus en todo el mundo. Dijeron que habría un tsunami de contagios en la India, alguien llegó a decir que se contagiarían entre 700 y 800 millones de indios y otros, que dos millones fallecerían”.

“Amigos, no es aconsejable comparar el éxito de la India con los de otros países. En un país que alberga el 18% de la población mundial, hemos logrado contener el coronavirus y, de esa forma, hemos salvado a la humanidad de una gran catástrofe”.

Modi, el mago, saluda a su público después de contener el coronavirus y salvar a la humanidad. Ahora que resulta que no lo ha contenido, ¿podemos quejarnos de que se nos considere radiactivos? ¿De que otros países cierren sus fronteras y se anulen vuelos? ¿De que se nos aísle con nuestro virus y nuestro primer ministro, además de toda la enfermedad, la actitud anticientífica, el odio y la estupidez que él, su partido (el BJP) y su movimiento político representan?

Un Gobierno triunfalista

El año pasado, cuando llegó la primera ola de covid a la India y remitió enseguida, el Gobierno y los comentaristas que lo apoyan se mostraron triunfalistas. “La India no lo está pasando bien”, tuiteó Shekhar Gupta, director del medio digital The Print. “Pero nuestras alcantarillas no están obstruidas por cadáveres, los hospitales tienen camas libres y en los crematorios y cementerios no faltan madera ni espacio. ¿Demasiado bueno para creerlo? Si alguien no está de acuerdo, que me enseñe otros datos. A no ser que se crea dios”. Aparte de la analogía cruel e irrespetuosa, ¿de verdad necesitábamos un dios que nos dijera que la mayoría de las pandemias tienen una segunda ola?

Esta ola se había predicho, aunque su virulencia ha sorprendido incluso a los científicos y virólogos. ¿Dónde están las infraestructuras y el “movimiento popular” contra el virus de los que presumía Modi en su discurso? Los hospitales se han quedado sin camas. Los médicos y el personal sanitario están al límite de sus fuerzas. Algunos amigos cuentan historias de salas de hospital en las que no hay profesionales y con más pacientes fallecidos que vivos. La gente muere en los pasillos de los hospitales, en las calles y en sus casas. En los crematorios de Delhi ya no hay leña. El departamento de parques de la ciudad ha tenido que conceder un permiso especial para que se talen sus árboles. Los más desesperados utilizan cualquier cosa para prender fuego. Los parques y los aparcamientos se están utilizando como crematorios. Es como si hubiera un ovni invisible revoloteando sobre nosotros y robándonos todo el aire de los pulmones. Un ataque aéreo como no se había visto jamás.

El oxígeno es el bien más preciado en el nuevo y siniestro mercado de valores indio. Los más destacados políticos, periodistas y abogados —la élite india— inundan Twitter con peticiones de camas de hospital y bombonas de oxígeno. Hay un floreciente mercado negro de bombonas. Los aparatos para medir la saturación de oxígeno y los medicamentos son difíciles de conseguir.

También hay mercados paralelos de otras cosas. En el extremo inferior del mercado libre, un soborno para ver por última vez a un ser querido, metido en su bolsa y apilado en la morgue de un hospital. Una propina para un sacerdote que acepta decir los últimos rezos. Consultas por internet en las que unos médicos despiadados despluman a las familias desesperadas. En el extremo superior, una persona que tiene que vender su casa y su tierra y usar hasta la última rupia para pagar el tratamiento en un hospital privado. Solo el depósito, incluso antes de que acepten tratarle, puede endeudar a su familia durante un par de generaciones.

Pero ninguna de estas cosas transmite la intensidad y la extensión del trauma, el caos y, sobre todo, la indignidad que está sufriendo la gente. El caso de mi joven amigo T. no es más que uno de cientos, incluso miles de casos similares solo en Delhi. T., veinteañero, vive con sus padres en un pequeño piso en Ghaziabad, a las afueras de Delhi. Los tres se contagiaron de covid. Su madre estaba en estado crítico. Como eran los primeros días, tuvo la suerte de encontrar una cama de hospital para ella. Su padre, con un diagnóstico de depresión y trastorno bipolar severo, se volvió violento y empezó a autolesionarse. Dejó de dormir. Se hacía todo encima. Su psiquiatra trataba de ayudarle en consultas virtuales, pero también se derrumbaba en ocasiones porque su marido acababa de fallecer de covid. Le dijo a T. que su padre necesitaba ingresar en un hospital pero, como era positivo de covid, no iban a admitirlo. Así que T. permanecía en vela, una noche tras otra, sujetando a su padre, lavándolo con una esponja, limpiándolo. Cada vez que hablaba con él me quedaba sin aliento. Por fin me llegó un mensaje: “Mi padre ha muerto”. No murió de covid, sino de una subida masiva de tensión provocada por una crisis psiquiátrica, debido al desamparo más absoluto.

¿Qué iba a hacer con el cuerpo? Llamé a todos mis conocidos. Uno de los que respondió fue Anirban Bhattacharya, que trabaja con el famoso activista social Harsh Mander. Bhattacharya está a punto de comparecer en juicio, acusado de sedición por una protesta que ayudó a organizar en su universidad en 2016. A Mander, que aún no se ha recuperado por completo de la terrible covid que sufrió el año pasado, le han amenazado con detenerlo y cerrar los orfanatos que dirige porque movilizó a la gente en contra del Registro Nacional de Ciudadanos y la Ley de Modificación de la Ciudadanía, aprobados en diciembre de 2019 y que discriminan sin reparos a los musulmanes. Mander y Bhattacharya son dos de los numerosos ciudadanos que, a falta de cualquier forma de gobierno, han creado teléfonos de ayuda y servicios de emergencia y se desviven organizando traslados en ambulancias y coordinando funerales y el transporte de los fallecidos. Es una actividad nada segura para estos voluntarios. En esta ola de la pandemia, son los jóvenes los que están cayendo, los que llenan las unidades de cuidados intensivos. Y cuando mueren los jóvenes, los mayores perdemos un poco las ganas de vivir.

Los hospitales necesitan oxígeno

Las aguas acabarán volviendo a su cauce. Por supuesto. Pero no sabemos quiénes de nosotros sobreviviremos para verlo. Los ricos respirarán más tranquilos. Los pobres no. Por ahora, entre los enfermos y los moribundos, hay un vestigio de democracia. Los ricos también han caído. Los hospitales piden oxígeno. Algunos han empezado a pedir a sus pacientes que se lleven sus propias bombonas. La crisis del oxígeno ha provocado disputas intensas y poco edificantes entre los Estados, mientras los partidos políticos intentan descargar las culpas sobre otros.

La noche del 22 de abril fallecieron 22 enfermos críticos de coronavirus en uno de los mayores hospitales privados de Delhi, Sir Ganga Ram. El hospital hizo varias peticiones desesperadas de ayuda para reponer sus reservas de oxígeno. Al día siguiente, el presidente del consejo de administración del hospital se apresuró a aclarar la situación: “No podemos decir que hayan fallecido por falta de oxígeno”. El 24 de abril, murieron 25 pacientes más después de que se agotara el oxígeno en otro gran hospital de la ciudad, Jaipur Golden. Ese mismo día, en el Tribunal Superior de Delhi, Tushar Mehta, jefe de la Abogacía del Estado, dijo en nombre del Gobierno indio: “Vamos a intentar no ser unos lloricas… Hasta ahora hemos conseguido que nadie se quede sin oxígeno”.

Ajay Mohan Bisht, ministro principal de Uttar Pradesh, que viste túnica azafrán y se hace llamar Yogi Adityanath, ha declarado que no hay escasez de oxígeno en ningún hospital de su Estado y que a que los que difundan rumores se les detendrá sin fianza en virtud de la Ley de Seguridad Nacional y se les confiscarán sus propiedades.

Yogi Adityanath no se anda con bromas. Siddique Kappan, un periodista musulmán de Kerala, en prisión desde hace meses en Uttar Pradesh por ir allí junto con otros dos reporteros para informar sobre la violación en grupo y el asesinato de una joven dalit en el distrito de Hathras, se ha contagiado de covid y se encuentra en estado crítico. Su esposa, en una petición desesperada ante el magistrado que preside el Tribunal Supremo de la India, dice que está encadenado “como un animal” en una cama del hospital de la Facultad de Medicina de Mathura (el Tribunal Supremo ha ordenado al Gobierno de Uttar Pradesh que lo traslade a un hospital de Delhi). En definitiva, da la impresión de que, para quienes viven en Uttar Pradesh, lo mejor es morirse sin protestar.

Pero ese no es el único Estado que amenaza a quienes se quejan. Un portavoz de la organización nacionalista y fascista hindú Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS) —de la que son miembros Modi y varios ministros y que posee su propia milicia— ha advertido de que “las fuerzas antiindias” quieren aprovechar la crisis para fomentar la “negatividad” y la “desconfianza” y ha pedido a los medios que contribuyan a crear una “atmósfera positiva”. Twitter les ha ayudado desactivando las cuentas que criticaban al Gobierno.

Escasez de test

¿Dónde vamos a buscar consuelo? ¿Y la ciencia? ¿Hacemos caso de las cifras? ¿Cuántos muertos? ¿Cuántos curados? ¿Cuántos contagiados? ¿Cuándo alcanzaremos el pico? El 27 de abril, los datos fueron 323.144 casos nuevos y 2.771 muertes. La precisión resulta vagamente tranquilizadora. Salvo que ¿cómo podemos estar seguros? Las pruebas para detectar la covid escasean, incluso en Delhi. El número de funerales con protocolo covid en los cementerios y crematorios de los pueblos y ciudades hace pensar en un número de muertos hasta 30 veces superior a las cifras oficiales. Los médicos fuera de las áreas metropolitanas conocen bien la realidad.

Si Delhi está en pleno colapso, ¿podemos imaginar lo que sucede en los pueblos de Bihar, Uttar Pradesh y Madhya Pradesh? Decenas de millones de trabajadores de las ciudades han huido, y el virus con ellos, para estar en casa con sus familias, traumatizados por el confinamiento que impuso Modi en 2020. Fue el cierre más estricto del mundo y se anunció con solo cuatro horas de antelación. Los trabajadores migrantes se quedaron atrapados en las ciudades sin empleo, dinero para pagar el alquiler, comida ni medio de transporte. Muchos tuvieron que recorrer a pie cientos de kilómetros hasta sus pueblos. Centenares de ellos murieron por el camino.

En esta ocasión, pese a que no hay un confinamiento nacional, los trabajadores se han apresurado a marcharse antes de quedarse sin medios de transporte, mientras los trenes y autobuses sigan funcionando. Se han ido porque saben que, aunque son el motor de la economía de este inmenso país, cuando llega una crisis, no existen para el Gobierno. El éxodo de este año ha provocado un caos distinto: no hay centros en los que someterlos a cuarentena antes de llegar a sus casas. Ni siquiera se finge que se está intentando proteger el campo del virus de las ciudades.

Y el campo son pueblos en los que la gente muere de enfermedades fáciles de curar como la diarrea y la tuberculosis. ¿Cómo van a hacer frente a la covid? ¿Disponen de pruebas diagnósticas? ¿Hay hospitales? ¿Hay oxígeno? Más aún, ¿hay algo de amor? Dejemos de lado el amor, ¿hay algo de interés? No. Porque, donde debería estar el corazón público de la India, lo único que hay es un agujero en forma de corazón lleno de indiferencia.

A primera hora de esta mañana, 28 de abril, nos enteramos de que nuestro amigo Prabhubhai ha fallecido. Antes de morir mostró síntomas típicos de covid. Pero su muerte no figurará en el recuento oficial porque falleció en casa, sin ninguna prueba y ningún tratamiento, Prabhubhai era un bastión del movimiento contra la presa en el valle de Narmada. Yo he dormido varias veces en su casa de Kevadia, donde hace decenios expulsaron de sus tierras a los primeros indígenas para construir las viviendas de los constructores de la presa y los oficiales. Algunas familias desplazadas como la de Prabhubhai siguen viviendo en torno a la colonia, empobrecidas y desarraigadas, intrusas en una tierra que era suya.

En Kevadia no hay ningún hospital. No hay más que una Estatua de la unidad, construida a imagen y semejanza del luchador anticolonial y primer viceprimer ministro de la India Sardar Vallabhbhai Patel, que da nombre a la presa. Con 182 metros de altura, es la estatua más alta del mundo y costó 422 millones de dólares. Unos veloces ascensores llevan a los turistas hasta el pecho de Sardar Patel para contemplar la presa de Narmada desde allí. Por supuesto, no es posible ver la civilización del valle destruida, sumergida al fondo del vasto pantano, ni oír hablar a un pueblo que libró los combates más hermosos e intensos del mundo, no solo contra esa presa, sino contra las ideas convencionales de lo que es civilización, felicidad y progreso. La estatua es un capricho de Modi, que la inauguró en octubre de 2018.

La amiga que nos escribió para informarnos sobre Prabhubhai ha sido durante años activista contra la presa del valle de Namada. El mensaje decía: “Me tiemblan las manos al escribir. La situación de la covid en la Colonia de Kevadia y los alrededores es nefasta”.

Las cifras exactas de la covid en la India son como el muro que se construyó en Ahmedabad para esconder las chabolas por las que iba a pasar la caravana de Donald Trump de camino al acto de bienvenida a Trump organizado por Modi en febrero de 2020. Estas cifras son malas, pero además son solo el reflejo de la India que importa, no de la India real. Es decir, de la India en la que se espera que los ciudadanos voten como buenos hindúes, pero mueran sin darle importancia.

“Vamos a intentar no ser unos lloricas”.

Intenten no tener en cuenta que la posibilidad de quedarnos sin oxígeno es algo que ya anunció en abril de 2020, y de nuevo en noviembre, un comité creado por el propio Gobierno. Intenten no preguntarse por qué ni siquiera los mayores hospitales de Delhi cuentan con sus propios generadores de oxígeno. Intenten no preguntarse por qué el Fondo de Asistencia y Ayuda al Ciudadano en Situaciones de Emergencia (CARES en sus siglas en inglés) —una organización opaca creada por el primer ministro para sustituir al Fondo Nacional de Socorro, más transparente, y que utiliza dinero público e infraestructuras gubernamentales pero funciona como fondo privado, sin rendición de cuentas—, de pronto, ha decidido ocuparse de la crisis del oxígeno. ¿Acaso Modi va a tener a partir de ahora acciones de nuestras reservas de aire?

Ha habido y hay numerosos problemas mucho más acuciantes de los que debe encargarse el Gobierno de Modi. Destruir los últimos vestigios de democracia, perseguir a las minorías no hindúes y consolidar los cimientos de la nación hindú imponen un ritmo implacable. Por ejemplo, hay que construir con urgencia unas prisiones enormes en Assam para los dos millones de personas que viven allí desde hace generaciones y a las que de repente han arrebatado su nacionalidad (nuestro independiente Tribunal Supremo se inclinó sin reparos en favor del Gobierno y se mostró indulgente con los vándalos).

Tiene que ocuparse de los cientos de estudiantes, activistas y jóvenes musulmanes a punto de ser juzgados y encarcelados como acusados principales en el pogromo antimusulmán que se llevó a cabo contra su propia comunidad en el nordeste de Delhi el pasado mes de marzo. Un musulmán, en la India, comete un delito cuando le asesinan. Su familia paga el precio. Ha tenido que ocuparse de la inauguración del nuevo templo de Ram en Ayodhya, que se está construyendo para sustituir a la mezquita derribada por unos vándalos hindúes bajo la mirada atenta de destacados políticos del BJP (otra vez nuestro independiente Tribunal Supremo se inclinó sin reparos en favor del Gobierno y se mostró indulgente con los vándalos). Ha tenido que ocuparse de las controvertidas leyes agrarias aprobadas recientemente, que suponen la liberalización de la agricultura. Cientos de miles de campesinos sufrieron palizas y gases lacrimógenos cuando salieron a manifestarse.

Tiene que ocuparse urgentemente del plan multimillonario para restaurar con todo esplendor la grandeza desvanecida del centro imperial de Delhi. Al fin y al cabo, ¿cómo va a trabajar el Gobierno de la nueva India hindú en unos edificios viejos? Mientras la ciudad está confinada y asolada por la pandemia, las obras del proyecto del Panorama Central, declaradas servicio esencial, han comenzado. Están llevando allí a los trabajadores. A lo mejor pueden modificar los planos para añadir un crematorio.

También tuvo que organizar la Kumbhamela, para que millones de peregrinos hindúes pudieran apiñarse en un pueblo a orillas del Ganges, bañarse en el río y diseminar el virus de forma igualitaria al volver a sus hogares por todo el país, bendecidos y purificados. La peregrinación continúa, aunque Modi ha sugerido amablemente que quizá no esté mal que la inmersión sagrada se limite a ser “simbólica”, sin saber bien qué es eso (a diferencia de lo ocurrido con los que asistieron a una reunión de la organización islámica Tablighi Jamaat el año pasado, los medios de comunicación no han desatado ninguna campaña contra ellos, ni los han llamado “yihadistas del coronavirus”, ni les han acusado de cometer crímenes contra la humanidad). Y tuvo que ocuparse de esos pocos miles de refugiados rohingyas a los que hubo que deportar urgentemente de vuelta al régimen genocida de Myanmar del que habían huido, y en pleno golpe militar (una vez más, cuando nuestro independiente Tribunal Supremo tuvo que emitir un fallo, coincidió con la opinión del Gobierno).

Así que, como ven, el Gobierno ha estado de lo más ocupado.

Por encima de todos estos problemas tan urgentes, tiene que ganar unas elecciones en Bengala Occidental. Eso ha obligado a nuestro ministro del Interior, Amit Shah —mano derecha de Modi—, a abandonar casi por completo sus actividades de gobierno y centrar toda su atención en Bengala desde hace meses, para difundir la propaganda asesina de su partido y enfrentar a unos seres humanos contra otros en todos los pueblos y ciudades. Desde el punto de vista geográfico, Bengala Occidental es un Estado pequeño. Las elecciones podrían celebrarse en un solo día, como se ha hecho en otras ocasiones. Pero como es un territorio nuevo para el BJP, el partido necesitaba tiempo para que sus dirigentes —muchos de los cuales no son de allí— circularan por los distintos distritos y supervisaran las votaciones. El calendario electoral se dividió en ocho fases repartidas durante un mes, hasta terminar el 29 de abril. A medida que aumentaban los casos de coronavirus, los demás partidos pidieron a la comisión electoral que modificara ese calendario. La comisión se negó y falló claramente en favor del BJP, por lo que la campaña prosiguió. ¿Quién no ha visto los vídeos del propagandista estrella del BJP, el primer ministro, triunfante y sin mascarilla, hablando ante muchedumbres también sin mascarilla y agradeciendo a la gente su asistencia sin precedentes? Eso ocurrió el 17 de abril, cuando la cifra oficial de contagios diarios ya estaba por encima de los 200.000.

Ahora que se han cerrado los colegios electorales, todo indica que Bengala se va a convertir en el nuevo caldero del coronavirus, con una nueva cepa de triple mutación denominada —quién lo iba a imaginar— “cepa de Bengala”. Los periódicos dicen que una de cada dos personas a las que se hace la prueba en la capital del Estado, Calcuta, da positivo. El BJP ha declarado que, si gana en Bengala, garantizará vacunas gratuitas para todo el mundo. ¿Y si no gana?

Vamos a intentar no ser unos lloricas”.

En cualquier caso, ¿qué pasa con las vacunaciones? Van a ser nuestra salvación, ¿no? ¿No es la India una potencia en la producción de vacunas? En realidad, el Gobierno indio depende por completo de dos fabricantes, el Serum Institute of India (SII) y Bharat Biotech, a los que se ha autorizado a distribuir dos de las vacunas más caras del mundo entre la gente más pobre del planeta. Esta semana anunciaron que van a vendérselas a hospitales privados a un precio más elevado y a los gobiernos de los Estados a un precio inferior. Un cálculo rápido permite ver que las empresas fabricantes van a obtener unos beneficios escandalosos.

Aumento de la pobreza extrema

Bajo el mandato de Modi, la economía india se ha vaciado y cientos de millones de personas que ya vivían en la precariedad se han visto empujadas a la pobreza más absoluta. Muchísima gente vive hoy solo gracias a los escasos ingresos que reciben por la Ley Nacional de Garantía del Empleo Rural (NREGA en sus siglas en inglés), que se aprobó en 2005, cuando estaba en el poder el Partido del Congreso. Es imposible que unas familias al borde de la inanición paguen la mayor parte de sus ingresos mensuales para vacunarse. En el Reino Unido, las vacunas son gratuitas y un derecho fundamental. Se persigue a los que tratan de vacunarse cuando no les toca. En la India, da la impresión de que el principal impulso de la campaña de vacunación es el beneficio empresarial.

Cuando se muestra esta catástrofe monumental en unas cadenas televisión alineadas con Modi, es fácil ver que todos están entrenados para decir lo mismo. El “sistema” ha fracasado, dicen una y otra vez. El virus ha desbordado el “sistema” sanitario del país.

El sistema no ha fracasado. El “sistema” existía a duras penas. El Gobierno —este, igual que el del Partido del Congreso que le precedió— desmanteló deliberadamente las escasas infraestructuras médicas que había. Esto es lo que sucede cuando una pandemia golpea un país con un sistema de salud pública casi inexistente. La India invierte aproximadamente el 1,25% de su PIB en sanidad, mucho menos que la mayoría de los países, incluso los más pobres. E incluso esa cifra se considera inflada, porque en ella se incluyen cosas que son importantes pero no son estrictamente sanitarias, por lo que se calcula que la cifra real se acerca más al 0,34%. La tragedia es que, en este país terriblemente pobre, según mostró en 2016 un estudio publicado en The Lancet, el 78% de la sanidad en las zonas urbanas y el 71% en las zonas rurales está en manos del sector privado. Los recursos que aún pertenecen al sector público se transfieren sistemáticamente al privado a través de una red de administradores y médicos corruptos, derivaciones también corruptas y mafias de seguros.

La sanidad es un derecho fundamental. El sector privado no va a cuidar de personas hambrientas, enfermas y moribundas que no tienen dinero. Esta privatización masiva de la salud en la India es un crimen.

El sistema no ha fracasado. Es el Gobierno el que ha fracasado. Quizá “fracasar” no es la palabra adecuada, porque lo que estamos presenciando no es un caso de negligencia criminal, sino un auténtico crimen contra la humanidad. Los virólogos predicen que el número de casos en la India va a multiplicarse a toda velocidad hasta alcanzar más de 500.000 diarios. Predicen la muerte de muchos cientos de miles de personas o más en los próximos meses. Mis amigos y yo hemos decidido llamarnos a diario solo para comprobar que seguimos vivos, como cuando se pasaba lista en el colegio. Hablamos con nuestros seres queridos entre lágrimas y con inquietud, sin saber si volveremos a vernos alguna vez. Escribimos y trabajamos sin saber si viviremos lo suficiente para terminar lo empezado. Sin saber qué horrores y humillaciones nos aguardan. La indignidad. Eso es lo que nos destroza.

Destrucción de la democracia

Varios de los asesinos del pogromo de Gujarat aparecieron posteriormente ante la cámara del periodista Ashish Khetan presumiendo de cómo habían matado a gente a machetazos, habían abierto los vientres de mujeres embarazadas y habían aplastado las cabezas de recién nacidos contra las piedras. Dijeron que solo pudieron hacer lo que habían hecho gracias a que Modi era su ministro principal. Las grabaciones se emitieron por la televisión nacional. Mientras Modi permanecía en el poder, Khetan, que entregó sus cintas a los tribunales para que las examinara el forense, compareció como testigo en varias ocasiones. Con el tiempo se detuvo y encarceló a algunos, pero muchos quedaron en libertad. En su libro recientemente publicado, Undercover: My Journey Into the Darkness of Hindutva (Infiltrado: mi viaje a las tinieblas de Hindutva), Khetan cuenta con detalle que, durante el mandato de Modi como ministro principal, la policía, los jueces, los abogados, los fiscales y las comisiones investigadoras de Gujarat se pusieron de acuerdo para manipular las pruebas, intimidar a los testigos y trasladar a determinados jueces.

A pesar de saber todo eso, muchos presuntos intelectuales indios, los presidentes de las principales empresas y los medios de comunicación que poseen se esforzaron en allanar el camino para que Modi acabara siendo primer ministro. Humillaron y callaron a los que insistíamos en nuestras críticas. “Hay que pasar página” era su mantra. Todavía hoy, cuando dicen algo en contra de Modi lo compensan con el elogio de sus dotes oratorias y su “capacidad de trabajo”. Sus acusaciones, su acoso y su desdén contra los políticos de los partidos de la oposición son mucho más estridentes. Especial desprecio les merece Rahul Gandhi, del Partido del Congreso, el único político que siempre advirtió sobre la crisis de la covid que se avecinaba y pidió al Gobierno repetidamente que se preparara todo lo posible. Ayudar al partido gobernante a destruir a todos los partidos de la oposición equivale a ser cómplices de la destrucción de la democracia.

De modo que aquí estamos hoy, en un infierno que han fabricado entre todos, con todas las instituciones independientes que son esenciales para el funcionamiento de una democracia vaciadas y en peligro y un virus fuera de control.

La máquina generadora de crisis que llamamos Gobierno es incapaz de sacarnos de esta catástrofe. Entre otras cosas, porque las decisiones las toma un solo hombre y ese hombre es peligroso, además de poco inteligente. El virus es un problema internacional. Para hacerle frente, la toma de decisiones, por lo menos sobre el control y la gestión de la pandemia, tiene que estar en manos de algún tipo de órgano no partidista, formado por miembros del partido gobernante y de la oposición, además de expertos en salud y políticas públicas.

En cuanto a Modi, ¿puede uno dimitir de sus crímenes? Quizá podría tomarse un respiro, un descanso de tanto trabajo. Está ese Boeing 777, Air India One, que ha costado 564 millones de dólares, adaptado para pasajeros muy importantes —en realidad, él— y que lleva ya tiempo aparcado e inmóvil en la pista. ¿Por qué no se va en él con sus hombres? Los demás haremos todo lo que podamos para arreglar los destrozos.

No, la India no puede estar aislada. Necesitamos ayuda.