El nuevo despotismo ilustrado. El problema del ascenso de los populismos localistas.

El nuevo despotismo ilustrado. El problema del ascenso de los populismos localistas

 

Allá por el lejano siglo XVIII y como consecuencia de la Ilustración nació el llamado despotismo ilustrado. Éste no era otra cosa que la forma de gobierno de los reyes absolutistas, régimen mayoritario entonces, suavizados con los nuevos aires que traía la Ilustración.

Su máxima, y realmente su mejor definición, es la frase «todo para el pueblo, pero sin el pueblo». Esto significa, ni más ni menos, que el gobernante de turno, toma aquellas medidas que considera mejores para hacer un supuesto bien a sus ciudadanos, pero sin contar con la opinión de éstos últimos. ¡Qué actual parece todo!

Y es que sin duda, prestando un poco de atención a la forma de gobernar de cualquiera de los nuevos partidos localistas surgidos al lo largo y ancho de la geografía española, podemos retrotraernos a estos tiempos del siglo XVIII.

Partidos que enarbolan la bandera de la defensa a ultranza de su pedacito de territorio y sus habitantes y desprecian el trabajo de todos aquellos que los rodean en el espectro político, porque resulta que ese amor desbordante por su ciudad es exclusivo y excluyente.

De todos ellos, podríamos sacar un patrón general y coincidente en sus puntos clave como la existencia de un líder carismático, un programa generalmente repleto de acciones irrealizables y medidas tremendamente populistas, así como un discurso en el que redunda la crítica a los predecesores así como a las administraciones jerárquicamente superiores.

Esto último nos puede recordar al famoso “Espanya ens roba”, en castellano “España nos roba”, uno de los primeros eslóganes de la deriva secesionista de Cataluña. ¿Qué partido localista que se precie no ha dicho que su territorio es maltratado por el Gobierno de España o el de su Comunidad Autónoma?

Verdaderamente parece que nada de lo que ocurre a su alrededor sea culpa suya, son, para sí mismos, una especie de mesías de la política que caminan sobre las aguas del bien y del mal, entregados por sus vecinos hasta dar la propia vida si fuera necesario.

Pero, nada mas lejos de la realidad. Estos partidos localistas son más bien como un edificio antiguo del que solo queda la fachada, con un exterior muy bonito y muy cuidado pero vacíos de contenido.

Un nido de falsos profetas con su aura populista y destellos de demagogia y mucha publicidad y boato, que únicamente obran para su mayor honra y gloria y bien de su propia imagen, para ocupar el sillón del poder por los siglos de los siglos, amén. Ya saben eso de “todo para el pueblo…”

Ya lo dijo el presidente Suárez “quienes alcanzan el poder con demagogia terminan haciéndole pagar al país un precio muy caro”. No contribuyamos, pues, nosotros al ascenso de estos falsos profetas asentados en el populismo, para no hacer pagar un precio muy elevado a nuestras ciudades, a las generaciones venideras y a nosotros mismos.

Víctor Hernández Hernández