La invasión rusa de Ucrania: Crónica de un ataque anunciado

La invasión rusa de Ucrania: Crónica de un ataque anunciado

Si había algo que lograba imponerse, desde hace semanas, como uno de los principales focos de conflicto en Eurasia cuyos efectos, lejos de quedar circunscriptos a la región, implicaban, potencialmente, consecuencias de índole global; eso era la escalada militar, y diplomática, que venía teniendo lugar entre los respectivos gobiernos de Rusia y Ucrania, así como el incremento de las tensiones entre la primera y sus contrapartes occidentales.

Todo lo anterior, a raíz de la insistencia, por parte de Occidente, de sumar a Ucrania como miembro pleno de la OTAN como, asimismo, de fomentar su ingreso a la Unión Europea.

Ambas iniciativas cuentan, hasta hoy, con una fuerte oposición de Moscú al respecto, quien las considera, lisa y llanamente, un ataque frontal a su soberanía, y autonomía, en términos estatales.

Lo anterior cobra sentido, si nos fijamos en la trayectoria seguida por gran parte de las ex-repúblicas soviéticas, una vez terminada la Guerra Fría: la misma ha tendido, casi exclusivamente, a un acercamiento, y posterior incorporación, a la civilización occidental, con la consecuente adopción de la democracia liberal, y el sistema capitalista de mercado, como pilares básicos de la vida en sociedad.

Es así, que Rusia ha sido un testigo privilegiado de la expansión occidental hacia el este, lo cual implicó, a todas luces, una reducción del área de influencia de la misma quien, viéndose cada vez más limitada en su accionar y poderío, apuesta a mantener su estatus como potencia emergente, apoyándose en su sólida fuerza militar – posee el segundo ejército más poderoso del Mundo – y en su innegable relevancia en términos geoestratégicos – es el país más grande del planeta, con un territorio de 17 millones de kilómetros cuadrados repartidos entre Europa y Asia -.

Teniendo en cuenta lo anterior, la invasión rusa de Ucrania parece responder a algo más que a un mero impulso belicista, e imperialista, por parte de Putin y sus allegados.

Contrariamente a lo que la prensa y los mandatarios occidentales argumentan, la misma se debe, en mayor medida, a factores externos; los cuales afectan, de manera sensible, a los vínculos de Moscú con su zona de influencia europea – Ucrania, Bielorrusia -.

Tales vínculos han sufrido, desde hace algunas décadas, cambios significativos: la creciente presencia occidental en el área, en conjunto con la considerable internacionalización de la región en el último tiempo; han debilitado, en parte, los lazos de lealtad hacia la otrora “madre Rusia”.

Lo anterior es especialmente visible en la faz cultural, con la homogeneización de los patrones de consumo, expresión y entretenimiento, típica de la globalización, jugando un papel protagónico al respecto.

En ese sentido, cabe destacar el progresivo avance del “europeísmo” en Ucrania, en detrimento, claro está, de su tradicional alianza estratégica con Rusia basada, principalmente, en una historia, cultura y tradición política compartidas.

Como no podía ser de otra manera, el conflicto – latente desde 2014 en adelante, con la anexión de Crimea por parte de Rusia – estalló a fines de febrero de este año; con la misma anunciando – y llevando a cabo – una invasión a gran escala de su vecina Ucrania.

Tal invasión fue precedida por el reconocimiento, por parte del gobierno ruso, de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk, en la región del Donbás ucraniano. Las mismas cuentan con una mayoría de población rusa, y poseen milicias rebeldes contrarias al gobierno de Kiev.

La protección de los ciudadanos rusos de esas regiones, de los constantes ataques y atropellos por parte del Estado ucraniano; es uno de los principales argumentos esgrimidos por el Kremlin, para justificar la intervención militar en curso.

Por otra parte, los fallidos intentos diplomáticos en torno a la crisis como, así también, la importante movilización de tropas rusas hacia la frontera ruso-ucraniana, semanas antes de la invasión, ponían de manifiesto que la misma era, cuanto menos, posible.

Como sea, ello no quita que la invasión pudiera – y debiera – haberse evitado. En ese sentido, no me cabe duda de que la responsabilidad principal, y primaria, a ese respecto no corresponde a Rusia ni a quien la prensa occidental, incurriendo en una comparación sin ninguna lógica ni sentido, denomina “el nuevo Hitler”: Vladimir Putin.

Al contrario, la misma descansa, sin ninguna duda, en Estados Unidos y Europa quienes, haciendo uso de la propaganda a gran escala, buscan disimular su rol preponderante en la sucesión de los hechos acaecidos; a la par de inculpar a Rusia, Putin y, por si fuera poco, a los “oligarcas” rusos de todo lo ocurrido hasta la fecha.

Cabe aclarar, llegados a este punto, que no desconozco la participación, ni la intervención directa, de Rusia en el asunto.

La misma no puede sino traer destrucción, muerte y violencia en un continente que, es sabido, nunca se ha caracterizado, históricamente, por una Paz, ni estabilidad duraderas: desde la Primera Guerra Mundial hasta la Guerra Fría – con Europa como epicentro de las tensiones entre norteamericanos y soviéticos – pasando por la Segunda Guerra Mundial, el siglo XX no hace más que poner de relieve el conflictivo historial de un continente tan pequeño, como estratégico en los asuntos globales.

No obstante, conozco muy bien la hipocresía, doble moral y el sesgo progresista de los medios, y el establishment, del Occidente moderno; quienes guardan silencio – o justifican – invasiones como la de Irak, Afganistán o Libia por parte de Estados Unidos, y sus socios occidentales.

Estas últimas, siempre disfrazadas por eslóganes tales como “la lucha contra el terrorismo” o, directamente, encaminadas a “democratizar” países que, según la consideración occidental, son autoritarios y represivos.

Volviendo al tema en cuestión, merece resaltarse la actitud del presidente ucraniano Volodymyr Zelenski en torno al estallido del conflicto propiamente dicho: el mismo tuvo, desde hace meses, una actitud ambigua y, en parte, incongruente. Por un lado, mantuvo – inicialmente, al menos – relaciones cordiales con Moscú.

Por el otro, nunca le cerró la puerta a una posible entrada de Ucrania a la OTAN ni, tampoco, a la Unión Europea. A pesar de lo anterior, al momento en que se escriben estas páginas Zelenski ha desistido, formalmente, de solicitar unirse a la OTAN.

Decisión lógica, teniendo en cuenta que uno de los principales motivos de la invasión – sino el principal – reside en la resistencia de Rusia de tener a la OTAN, y a su poderosa maquinaria bélica, a las puertas de su ciudad capital.

Merece un párrafo aparte, la inacción, y la consumación de un nuevo fracaso, de los organismos internacionales. Los mismos se han mostrado, tanto antes como después de la invasión, incapaces de constituir un foro adecuado para las negociaciones conducentes al mantenimiento de la Paz.

No debería sorprendernos, teniendo en cuenta las profundas divisiones existentes al interior de los mismos: si bien se han logrado importantes acuerdos tendientes a reducir los enfrentamientos de tipo bélico, y encaminados a la resolución de los conflictos por medios pacíficos; las divergencias entre los países centrales suelen obstruir, y dificultar, la puesta en práctica de tales iniciativas.

No por nada, países como China o Turquía se han ofrecido a mediar en el conflicto: en ambos casos, la posición tomada en relación al mismo ha sido, en gran medida, una de equidistancia hacia ambos bandos en disputa.

Personalmente, creo que Turquía se encuentra, hoy por hoy, en una mejor posición – a pesar de formar parte de la OTAN – para hacer las veces de mediador, ya que su cercanía a los acontecimientos en desarrollo como, asimismo, su privilegiada situación geopolítica, entre medio de Asia y Europa; la vuelven, en cierto sentido, una parte interesada en el fin de la crisis a la par de un país influyente, en la resolución de la misma.

Como puede apreciarse, el enfrentamiento armado que nos ocupa posee muchas aristas: políticas, económicas, geográficas, étnicas, culturales y, por sobre todo, aquellas vinculadas con la distribución del poder a nivel mundial. Es ésta la principal razón de la intervención de los países centrales, en el resto del Mundo; cualquiera sea la forma que ésta tome.

A ese respecto, resta ver hasta qué punto las sanciones económicas impuestas a Rusia afectan, en forma particular, a esta última y, en términos generales, a la economía global. A su vez, la potencial crisis migratoria de refugiados ucranianos, buscando un nuevo hogar en países como Polonia, Rumania y Moldavia puede, según mi visión, modificar el escenario socio-económico en Europa Oriental.

Finalmente, si de algo estoy seguro es de lo siguiente: no habrá Tercera Guerra Mundial, ni nada parecido. Los costos serían demasiado elevados, y nadie está dispuesto a pagarlos: ni Rusia, ni los países occidentales, ni ningún otro Estado en el resto del Mundo.

Sin embargo, la crisis ucraniana podría volverse, eventualmente, un punto de inflexión en la Política Internacional del Siglo XXI. Especialmente, en todo lo relativo a las relaciones mantenidas por la Federación Rusa, Estados Unidos y Europa, tanto entre ellos como con el resto de la comunidad internacional. El tiempo nos lo dirá.

Damián Martínez   Instagram: @damian.mz